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viernes, 27 de junio de 2014

88.

Gotas y gotas,
lágrimas y lágrimas.
Eso es lo que provocaba
en ella su canción favorita.

La de las mañanas de verano,
y las tardes lluviosas de otoño,
las noches de invierno 
y las salidas de primavera.

La de los recuerdos amargos,
sus deslumbrantes sonrisas,
los momentos en silencio
y sus miradas apasionadas.

Todo aquello lo encerraba
una simple melodía, que 
mataba a su corazón,
tiempo por tiempo.

Cada nota, cada palabra,
que esta contenía,
estaban grabadas en su mente,
provocando en ella un llanto continuo.

Lo quería, la quería, 
pero todo acabó,
por una extraña razón,
que ella nunca entendió.

Y por fin acabó la canción,
y con ella el dolor cesó,
y ella pudo por fin
volver a sonreír.

Lo echaba de menos.
Oh, sí, mucho de menos.
Porque ella no era feliz así,
sola, sin nadie.

Necesitaba a alguien,
necesitaba compañía,
necesitaba su compañía,
pero él no estaba.

Se había esfumado con 
el sonido de su canción
al acabarse,
al apagarse.

Ya nada quedaba,
salvo ella sentada
sobre el césped del parque
en el que aquel día se besaron.


martes, 24 de junio de 2014

Cenizas.

Y otro mañana más, me levantaba
y me disponía 
a enfrentarme al mundo, 
sin ganas, sin fuerzas.

Porque ya nada tenía
el más mínimo sentido,
todo estaba mal, todo 
estaba desordenado.

Me estaba volviendo loca
entre el dolor, la amargura
y la soledad que me embargaban
desde primera hora de la mañana.

Me iba consumiendo lentamente
como un cigarrillo 
entre tus delicadas manos.
Ya tan solo soy cenizas.

Ojalá fuera un fénix
y pudiera renacer de ellas,
con más fuerza, con más pasión.
Ser más fuerte. Eso quiero.

Porque ya no me queda nada
por lo que luchar, y yo quiero
que haya motivos 
para hacerlo.

Pero es que todo perdió sentido 
el día en el que 
me perdí a mí misma.

El día en el que
me consumí, 
y pasé a ser cenizas.

Soy los restos de algo
que en su día fue fuerte,
vivo y radiante. 

Y en estos versos desordenados
cuento la historia de la chica
que fénix quería ser para poder dejar
de ser tan solo cenizas.

domingo, 15 de junio de 2014

86.

Caminaba rápidamente por los pasillos del edificio en el que estaba y que parecían un laberinto, ya que no sabía muy bien por dónde ir para llegar a su destino. Aquel edificio, de pareces blancas y escasas ventanas con rejas negras la hacía estremecer. No le gustaba estar allí, pero era el único lugar en el que la podrían ayudar de manera alguna.
Llegó por fin a la puerta 314. Tenía que entrar. Respiró hondo y llamó a la puerta.

— Adelante. — dijo una voz serena y cálida desde el otro lado de la puerta.

 Se aventuró a pasar, y descubrió al hombre alto, de piel pálida, pelo rubio y penetrantes ojos azules que veía tantas veces al mes.

— ¿Qué tal estás hoy, Alice? — preguntó, como cada vez que la muchacha iba a aquella sala de paredes azul oscuro, un escritorio y miles de estanterías desperdigadas por la habitación (que tenía un cierto aroma a café que a ella le encantaba).

Ella no respondió pero él supo la respuesta igualmente.

— A ver, siéntate. — le ofreció una silla de madera de caoba que era realmente bonita y ella se sentó. Alice se sintió un poco mejor porque al estar sentada no percibía tanto el tembleque continuo de sus piernas. — Cuéntame, ¿qué te pasa? — siempre era el mismo método pero no había otra manera de realizar aquellas consultas.

— H-hoy... Hoy deseé con todas mis ganas verme muerta. Aunque siento que ya lo estoy y no sé por qué sigo respirando. Estoy harta de ver cómo no hay nada bueno a mi alrededor. Todo está negro. No hay ni un maldito lugar con un poco de luz. Estoy perdida entre toda esta oscuridad. Mis demonios acabarán ganando este juego. Lo sé. Y lo sabes. Aunque sé que es tu trabajo impedir que lo haga, pero ni siquiera tú que has estudiado cómo funcionan nuestras mentes vas a poder conseguir que no lo haga. — respondió con los ojos vacíos y la mirada perdida en un puto fijo del cuarto.

— ¿Sabes qué?

— ¿Qué?


— Que hagas lo que te plazca. ¿Quieres morir? Llama a la muerte. ¿Quieres vivir? Quédate como estás. ¿Quieres ser un alma en pena? Sé un alma en pena. ¿Quieres aire? Pues respira profundamente. Es tu decisión qué hacer, y yo solamente estoy aquí para escucharte. Y algo me dice que hagas lo que hagas, harás lo correcto.


La muchacha se quedó un tanto sorprendida con la respuesta que le dio el doctor. Quiso añadir algo más, pero no le salieron las palabras. Hizo ademán de levantarse, y cuando ya estaba de pie el hombre le dijo:


— Mucha suerte, Alice. —

No respondió y salió corriendo de allí. El psicólogo tenía razón, era su decisión. Ella era la que llevaba las riendas. En realidad siempre lo había hecho solamente que se había dejado manejar. Pero esta vez no.
Sus piernas la llevaron a un puente. El puente con el que siempre había pensado y deseado su muerte. Y el día, al fin había llegado.
Se acercó al borde y miró al abismo. El agua estaba helada, era puro invierno. No sobreviviría. Era su oportunidad. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada. Pero las piernas empezaron a fallarle, y un miedo irracional la poseyó. No quería tirarse. ¿Pero qué le estaba pasando?

— Amas demasiado a la vida y por eso sabía que nunca conseguirías saltar. — dijo una voz tras ella. Su psicólogo la observaba, con una media sonrisa en el rostro y el brazo extendido, ofreciéndole la mano — Ven, ven conmigo. — La chica cogió su mano y se miraron a los ojos. Sabía que tenía razón. No sería capaz de hacerlo.

Dejó de buscar la muerte porque sabía que no vendría a por ella (no al menos en ese momento) y se esforzó por hacer de ella alguien mejor. Intentó ser la luz en la oscuridad. El ángel que no se veía tentado aunque se hallase rodeado de demonios.

Y él nunca la volvió a ver por su consulta, y se alegró más que ella misma. «Otra vida salvada» pensaba, orgulloso.

lunes, 9 de junio de 2014

Almas arrebatadas y viajes sin retorno.

Y la muerte se encontraba entre sus sábanas, solamente que ella no se había percatado. No se había dado cuenta de que había fantasmas en ellas, durmiendo a escasos centímetros de ella. Ellos eran los causantes de sus intermitentes escalofríos cada noche, porque no era el frío, eran ellos. Pero ella, al no tener buena vista, nunca llegó a saberlo.
Pero una noche sí que llegó a sentirlos en sus carnes y con espantosa claridad. Los vieron llevarse su alma y juguetear con ella, sin intención de devolvérsela. Y fue así cómo su alma desapareció y ella pasó a ser un cuerpo etéreo, sin vida, sin sentimientos, sin nada.
Era un cúmulo de dolor que se movía de habitación a habitación, gritando y suplicando que al menos le devolvieran su alma, no importaba ya su vida. No pedía ser solo amor y cosas bonitas, ya que los fantasmas no podían ser así, iba en contra de su naturaleza, pero tampoco quería tanta amargura en su imperceptible vida para los ojos de aquellos que no se atrevían a mirar más allá.
Aunque al final acabó encontrándose con unos, y unos muy bonitos y llenos de vida, por cierto. Eran los de una niña pequeña, de cabellos rizados y piel pálida. Si no fuera porque su corazón parecía latir, ella hubiera dicho que era una de ellos.
Recordaba perfectamente el día en el que se la encontró. La niña estaba en el parque, columpiándose alegremente en un columpio de metal algo ya oxidado, y a pesar de que nadie estuviera allí, ella actuaba como si estuviese rodeada de una multitud de niños que la animaban.
Recordaba con muchísima claridad como al llegar ella la niña bajó del columpio y se acercó a ella, con ganas de ayudarla. Aquella criatura parecía ser la única que escuchaba sus lamentos detrás de la barreras que separaban ambos mundos, paralelos, pero a la vez muy cerca.
Las dos se cogieron de la mano y fueron en busca del alma de aquella que era una simple sombra, y, por desgracia, se aventuraron en un viaje sin retorno. Ningún ser, ya fuera de carne y hueso o un fantasma, volvió a saber de ellas. Tampoco las echaron de menos, y ellas tampoco, porque se habían alejado de todo y al fin habían encontrado a una acompañante, que era lo que tan afanosamente habían estado buscando.

domingo, 8 de junio de 2014

Amor a base de frío y sangre.

A ella siempre de pequeña la habían asustado los vampiros. Tan fríos, tan rápidos, tan letales, con los ojos tan abiertos y tan penetrantes, observando a sus presas. No quería ser una de ellas, porque si así fuera, no tendría escapatoria y una vida eterna (o la muerte) vendría a por ella.
Siempre había pensado que una vida inmortal podría llegar a ser bonita si hubiera alguien a quien apreciaras para pasarla con ella. Pero ella no quería tener que pagar ese precio. No quería tener que alejarse del sol por si su piel empieza arder, no quería tener que ver morir a sus seres queridos o matarlos para conservarlos a su lado. No le gustaba la sangre. Ni el frío. Ni las miradas que matan.
Pero cambió de parecer en cuanto uno de ellos se cruzó en su camino, con su halo de misterio y su actitud protectora, con su mirada llena de sabiduría y su espíritu indomable, con su dulce aroma a flores silvestres y su pelo ligeramente ondulado. E inevitablemente, se enamoró de él.
Su mente era un constante: «Va a hacerte daño, no te fíes.» y su corazón un: «No sé qué sería de mí sin su sonrisa.» Quería resistirse a ese hechizo, pero sabía perfectamente que ya había caído en sus redes y que muy difícilmente conseguiría escapar (con vida).
Todo cambió una noche en la que todo control desapareció. Ninguno de los dos sabía lo que hacía exactamente, pero solo querían disfrutar del otro hasta límites insospechados. Y aquel fue un gran, pero que gran error.
Porque él confundió el amor con necesidad, y acabó hincando sus dientes en su bonito cuello de cisne, haciendo de ella un ser semejante a él, pálido, frío, con pupilas rojizas, y sobretodo, con sed de sangre.
Y cuando ella quiso darse cuenta, se había convertido en el ser que siempre había odiado ser. Y todo por culpa de aquel al que más quería. En su cabeza aparecían preguntas a la velocidad de la luz: «¿Qué me pasa? ¿En qué me he convertido? ¿Por qué? ¿Podré perdonarlo? ¿Podré cambiarlo todo?»
Se sintió débil, utilizada y dolida. Se había convertido en un monstruo por haberse enamorado del monstruo más bello de todos, y ahora sentía su fallo en sus carnes. Su corazón no latía, su sangre no fluía, toda la vida se había ido de ella. La vida, a la que tanto ella había amado.
Pero solo había muerto para pasar a otra vida. A la vida eterna. Y como ella decía: «Una vida inmortal puede ser bonita si tienes a quien amas a tu lado.» Y fue ahí cuando se preguntó si realmente amaba a aquel ser. Al chico de la voz grave y encantadora, al chico misterioso, al de la piel de marfil, al de la sonrisa imperfectamente perfecta.
Y descubrió que sí, que sería capaz de ser un ser horrible con tal de pasar con él el resto de sus días. Que daban igual sus padres, sus amigos, sus familiares, todo. Nada se comparaba con tenerlo a él todos los días a su lado al despertar.
Deslizó suavemente la mano por su mejilla para apartarse de sí esas lágrimas que habían emanado de sus ojos. No sabía si lloraba porque echaba de menos en algún rincón de su alma a su corazón latiendo, o si lloraba de la felicidad al haber encontrado con quien compartir sus días, que hasta ese entonces habían sido tan fríos y solitarios.




martes, 3 de junio de 2014

Dime.

Dime qué escondes detrás 
de esa sonrisa fingida, 
detrás de esas mentiras
con las que nunca callas. 

¡Dime la verdad, maldita sea!
Dime que te estás muriendo,
dime que no estás bien, 
dímelo de una vez.

Yo no soy de esas personas
que solo quieren escuchar
aquello que quieren oír.
Yo no quiero falsedades.

Ven, sentémonos a hablar,
y libera de tu corazón 
todo lo que tu boca calla.
Libéralo, libérate.

Deja el cigarrillo 
y el café frío para después,
ven aquí y dime qué es
a lo que tú tanto temes.

Me duele que seas así,
que me lo ocultes todo,
cuando sabes que yo
sería capaz de matar por ti.

Mataría personas, monstruos
e incluso demonios solo
por verte sonreír cada 
día al amanecer.

Así que si cambias de idea,
yo estaré aquí, aguardando tu llegada, 
así que por favor,no tardes mucho
en decidirte, porque no soy eterna.

Aunque puedo llegar a ser eterna,
si vuelves a esbozar una sonrisa
en ese lienzo que es tu pálida cara,
ahora llena de lágrimas imperceptibles.