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domingo, 14 de junio de 2015

Zyklon B.

Quizá no debería estar escribiendo esto. Quizá debería dejar mi alma ir a la oscuridad de esta oscura y fría habitación. Quizá... Quizá...
Veintitrés días son los que llevo aquí. Casi dos docenas. Días en los que solo he deseado el abrazo de la muerte y la desaparición de todos los seres humanos. Porque no tengo miedo a la muerte, tengo miedo al hombre.
Porque el hombre ha creado esto. Todo me han arrebatado. No todo lo material, sino también a aquellas personas que hacían de mi existencia algo más bonito. No tengo motivos para luchar, y cada segundo me pregunto el por qué sigo aquí, cual barco en contra de la marea. Y ya sé por qué. Vivo para denunciar todo esto.
Todas las mañanas iluminadas con una estridente música la cual es odiada hasta por el mismísimo diablo. 
Un. Dos. Tres. Pistola al aire. Látigos fuera. Cadenas puestas. Pijamas de rayas, un intento de hacernos a todos iguales y miserables al mismo tiempo.
Trenes con destinos interminables. Miles de kilómetros recorren al día, y todos están a rebosar. ¿De qué? De inocentes.
No me gustan las duchas, les tengo miedo. Menos mal que siempre me he escondido para no entrar. Si no, ahora sería otro cuerpo putrefacto más.
Me siento un fantasma más aquí, aunque doy gracias de que mi corazón aún lata.
Dejando de un lado eso y centrándonos en las latas... ¿Por qué tantas? Si tienen la fuerza de un ciclón, debería bastar con una para arrasar con todo, ¿no?
¿Cómo hemos llegado a esto, señor mío? ¿Por qué estar condenados a morir por ser quienes somos? ¿Por qué tenemos que luchar? ¿Por qué el trabajo nos hará libres? 
Eso no nos hace libres, eso nos condena aún más. Mis costillas están rotas, y he empezado a sangrar por la nariz. Hace frío, y el suelo me congela las entrañas. ¿Hablábamos de sobrevivir? Creo que no será posible... Pero aún así, aquí dejé mi huella. Este papel, y los rasguños en la pared. Aunque nadie llegue nunca a entender qué veintitrés días pasé aquí, y los cuales no llegaron a ser más que eso... 



domingo, 7 de junio de 2015

Paraíso mental.

Tu cabeza, paraíso mental. Tan enrevesada y fascinante como el más complicado de los trabalenguas para un niño pequeño. Fuente de alimentación para mi curiosidad. Para mis sueños. Para mi felicidad. 
Una muralla de cristal inexpugnable. Frágil pero que a la vez solo deja ver lo que que quieres que vea. Desesperación infinita es lo que me entra al no poder atravesar ninguno de sus rasguños. 
¿Dónde estuviste aquellas noches en las que nadie durmió? Te estuve esperando, con la mirada esperanzada y una sonrisa que el tiempo apagó. Te eché de menos, y yo aún me pregunto dónde te metiste y si tú también querías verme. 
Mente caprichosa la tuya. Intenta tenerme pero a la vez quiere tenerme lejos. Y yo que tan solo quiero explorarla... Déjame.