Palabras que habían marcado un antes y un después. Un final que parecía haber sido ya fijado, con un deje de sufrimiento que le empañaba la vista a todas horas. Una melodía que invadía la habitación, haciéndola sentir que cada vez estaba más cerca de tocar fondo. Y solo cuatro paredes eran los espectadores de aquel crimen.
Pasaron las horas, y ella aún seguía intentando mantener el equilibrio en aquella cuerda floja sobre la que parecía sostenerse. Quería llegar al final, estar a salvo.
Pero intentándolo tropezó más de una vez, atentando con caer al vacío. Y en todas y cada una de ellas se cruzó con una mano tendida. La mano de aquel que había venido con la intención de hacerla feliz. De secarle las lágrimas y hacerla creer.
Le sonrió a aquella nueva presencia, preguntándose si quizá era producto de su imaginación.
«¿Eres real?» le dijo mientras sus miradas se entrecruzaban creando algo parecido a magia.
«Soy real.» respondió él muy suavemente, acariciando su melena cobriza. Ella esbozó una sonrisa y rozó con la punta de los dedos sus mejilla derecha, en un intento de acariciarle también. Pero para su sorpresa, solo tocó el aire en movimiento. No había nada, pero su imagen era totalmente corpórea.
Intentó abrazarle, pero se volvió a chocar con la nada. Eran demasiado cercanos, pero al parecer los separaba una gran distancia.
La sonrisa de ella desapareció, al igual que el brillo de sus ojos. Ahora era como mirar al rostro de un mártir. Un rostro pálido, con ojeras y los ojos ligeramente rojos a causa de derramar tantas lágrimas.
Volvió a su desafío. Volvió a intentarlo con todas las fuerzas que le quedaban. Y parecía funcionar. La situación se invirtió, dando algo de esperanza.
Y todo parecía ir bien, hasta que el culpable de aquel crimen volvió a aparecer ante sus ojos una tarde de finales de verano. En realidad fue ella quien lo había mandado llamar en un arrebato de extrema valentía. El espectro que se ofreció a ayudarla ya no estaba, pero a ella ya no le importaba luchar sola.
Lo contempló durante horas, ajena a todo lo demás. Sus gestos, sus relatos (los cual siempre le habían fascinado y hecho reír) y se dejó llevar por su embriagador olor, que siempre conseguía hacerla estremecer.
Él fingía no verla, inmerso en la conversación que estaba manteniendo con la persona que la acompañaba. Deseoso en el fondo con tener la oportunidad de expresarle todo lo que sentía y contar aquel secreto a voces.
Sus miradas acabaron conectando, y sus brazos volvieron a encontrarse como tantas otras veces.
Ella estaba temblorosa, y su llanto ahogado en el pecho de él era lo único que ambos percibían a pesar del tumulto de la gente que los rodeaba en la calle. Se sentía a punto de desfallecer, pero sus brazos la sujetaban con fuerza.
Él contenía un amor y una ternura infinitas con las que calmó el acelerado corazón de la muchacha, en un intento de que cesaran las lágrimas.
Aquel día se dijeron las palabras más sinceras jamás pronunciadas. La tormenta empezaba a dejar paso a la calma, y así fue cómo el dolor desapareció. Otra vez.