.

.

miércoles, 25 de febrero de 2015

112.

Hoy me levanté con el sabor de tus besos en mis labios. Con tu voz en mi cabeza y tu mirada invadiéndolo todo. Con escalofríos por todo el cuerpo al recordar tus manos recorriendo todas y cada una de mis curvas, tiñendo de cariño todas mis cicatrices. 
He echado de menos todo. 
Los secretos.
Las sonrisas.
Las caricias.
Los abrazos interminables.
Tu olor.
Tu sabor.
A ti, de todas las maneras posibles. 
Porque me da igual cómo estés, cómo seas o de dónde vengas. No importa. Son cosas sin importancia cuando hablamos de tu alma. Del misterio de tu mente.
No me olvido de ti ni cerrando los ojos, comprobado está. Y me pregunto qué tienes para provocarme esto. ¿Un imán? ¿Drogas? ¿Qué?
¿Por qué eres tan adictivo? Ahora te quiero aquí, al otro lado de mi cama. Pero no solamente hoy, quiero que sea así todos los días de mi existencia.


martes, 24 de febrero de 2015

Sálvame.

Sálvame, sálvame.
Libérame de estas cadenas 
que me tienen sujeta. 
Devuélveme la voz
para poder denunciar lo que me hicieron.

Las torturas, las lágrimas,
los llantos.
Las marcas de todos los golpes recibidos
aquí siguen, esperando
ser por fin advertidas.

Devuélveme mi libertad.
La reclamo.
La necesito.
Libérame.
Escúchame.

¿Por qué esta guerra
la cual no lleva a ningún lado
salvo a un incesante dolor?
¿No se supone que me quieres?
¿No se supone que te importo?

La guerra no cesa,
la guerra no termina.
La guerra continuará
hasta que ya no pueda más
y mi alma desaparezca.

¿Es eso lo que quieres?
¿Ver mi cuerpo expirar? 
Pues eso tendrás, querido.
Pero que sepas, que los demonios vendrán
y cumplirán mi cometido.

Verte sufrir, como yo.
Sin voz, ni voto.
Sangrando.
Loco.
A un paso de la muerte.

Porque así estoy yo,
así está mi mente.
Muerta. 






domingo, 8 de febrero de 2015

Al filo del cuchillo, al borde de la muerte.

Frío. Voces. Lágrimas. Tú y yo. Te odiaba en ese momento, y la verdad es que tenía mis motivos. Solo chillaba. Tú hacías lo mismo. Era un bucle interminable.
Te gritaba porque te quería, y porque solo veías lo que tus ojos querían ver. Mis errores. Mis faltas. Mis desgracias.
¿Y qué hay del cariño? ¿De que casi doy mi vida a los demonios por ti? ¿Qué hay de todo lo que he arriesgado por abrazarte una noche más?
Las voces no cesaban. Era como si estuviéramos tirándole puñales al otro, a ver cuál de los dos acertaba antes. Y como siempre, fui yo la primera en recibir el primer golpe. El primero y el último.
Agarré fuertemente el cuchillo, el cuál no sabía ni cómo había llegado a mis manos, y pronuncié las últimas palabras:

— Esto es lo que hago yo cuando dices que no te quiero lo suficiente. Cuando dices que te miento. Cuando dices que no daría nada por ti cuando mataría si hiciera falta. — acerqué la hermosa y a la vez mortífera hoja metálica a mi brazo desnudo   Sangro. 


Y con un suave movimiento, provoqué el fin de todo. Sangre. Roja, pegajosa y viva todavía, pero sangre. Lo que me mantenía con vida, y lo estaba perdiendo por momentos, al igual que ya había perdido la cabeza momentos antes.

Daga al suelo, rencor fuera. Me observabas con los pozos negros que son tus ojos. Estabas preocupado, dolido. Quizá te sentías culpable. Quizá me querías tanto como yo lo hacía.
Me recogiste entre tus brazos, y me suplicabas que no te dejara. Yo me dejé llevar y...


Todo se volvió negro.


Y desperté.