Y sentí cómo todo el dolor desaparecía. Cómo un estado de felicidad aparente teñía todas las paredes de mi alma, reemplazando el gris por un verde esmeralda. El color de la esperanza y a la vez mi favorito.
Por primera vez podía decir que estaba bien. Ya no sentía ganas de estallar a cada segundo que pasaba y de arrancarme desesperadamente la piel a tiras; todo parecía haberse ido.
Sonreía a todas horas y mis ojos parecían brillar con una luz nueva. Ya nada me afectaba mientras tuviera tus manos en las mías y tus ojos velándome cada madrugada. Bailaba al son de tus palabras y me paraba en tu pecho para oír el ritmo que llevaba tu corazón, el verdadero músico que llevabas dentro.
Algo en mí me decía que había encontrado lo que siempre necesité... Tonta de mí fui al pensar que se trataba de algo material y no de una persona. Y ahora lo veo con toda claridad.
Siempre necesité a alguien... Unos brazos que me frenaran al caer, una mente que me enseñara a caminar por la vida y la voz de la experiencia. Todo para aprender a vivir esta vida que tantas cosas me está dando.