Y te vi alzarte como si fueses una diosa con la luz del alba. Tenías los ojos ligeramente abiertos y la típica sonrisa de "ya es de día, pero déjame dormir cinco minutos más" y los brazos estirados, formando así la forma de cruz latina, tu peculiaridad siempre que reposabas sobre las sábanas blancas.
Tus dedos pasaron de revolver mi pelo enmarañado a surcar todos y cada uno de los rincones de mi piel desnuda, juguetones. Giré la cabeza lentamente para mirarte y dejaste escapar una de tus traviesas sonrisas.
Te había echado de menos. Me habías echado de menos. Nos habíamos echado de menos. Y la luna fue el testigo de esto la noche anterior.
Pasaban los segundos y nuestros ojos seguían mirándose fijamente en un intento de bucear en los pensamientos del otro. Que los ojos son las ventanas del alma, o eso dicen.
Y si así es he de decir que tu alma, el ser viviente e incorpóreo que llevas dentro, color azul turquesa, es de los más bonitos que jamás he podido apreciar. Porque no es como las demás, brilla con un tono diferente y mucho más que las demás. Es capaz de entrar en mi mente y hacer que te idealice, justo como ahora.
Oh, maldito amor ciego. Y maldita tú, querida chica con complejo de Venus que viniste a cambiar los esquemas de mi vida tan calculada y milimetrada.
Viniste un día sin decirle nada a nadie, ni siquiera a mí, y cogiste y cerraste la puerta al pasar para que nadie más pudiese optar a este puesto que tienes. Al puesto de el cometa más brillante, la diosa más bella, la musa más inalcanzable al ojo humano.
Tú, con tus sonrisas a medias, las vidrieras azules que gastas por ojos y esa melena de auténtica leona. Con tus labios aterciopelados y tu piel siempre frágil y auténtica al tacto. Con esos besos que lanzas y que siempre me dejan a medias. Con tu voz, tema para cualquier historia de amor. Con tu aroma a a vainilla.
Con tu carácter fuerte y tus carcajadas atronadoras. Con tu forma de caminar, rompiendo el mundo a tu paso. Con tus demonios, tema que te ayudé a tratar. Sí, con todos tus defectos de fábrica y con todas y cada una de tus perfectas cualidades.
Mi mano acabó enlazándose con la tuya, unión (casi) perfecta. El mundo parecía haberse detenido en ese justo instante, porque juro que lo viví por demasiado tiempo...
Y en ese momento desperté, sudoroso y mirando a todos lados, para descubrir que seguías ahí, y que había hecho lo mismo que tú. Dormir solo cinco minutos más para disfrutar que aún seguías aquí.
Y otro "Te quiero" se me escapó de los labios.
