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jueves, 24 de abril de 2014

Otra carta más.

Escribí mil cartas hablando de tus ojos. Y otras mil de tu sonrisa. Y otras infinitas describiendo cada parte que me gustaba de ti. Miles de líneas, otros tantos miles de palabras, y tú no has leído ni la mitad de ellas, porque las he tenido guardadas en un cofre bajo siete llaves.
Siento no ser una de esas personas que exteriorizan sus sentimientos con mucha facilidad. Vivo bajo un caparazón del cual es difícil de sacarme, pero siempre he esperado a que seas tú la persona que pueda lograr derribar la gran muralla que me separa con el mundo. 
Siempre he estado esperando a la persona que me salvara de todo esto. Y he sido tan, tan selectiva que aún me pregunto por qué te elegí para ser mi salvador. Supongo que será el destino, o alguna fuerza que haya creado una fuerte atracción en ti y yo haya sido llevada por ella. También supongo que todo esto tiene explicación, pero me paso la vida pensando y no me apetece comerme la cabeza con eso. Simplemente, todo en esta vida pasa, el café se enfría, el sol se esconde en cada atardecer, llueve en los días nublados... 
Prefiero no encontrar una explicación a lo que siento, porque en cierta parte disfruto no sabiéndolo. Soy más feliz no sabiendo el por qué de las cosas, y soy muy feliz pensando en ti cada día.
Me pregunto si algún día llegarás hasta a mí y te llamaré tanto la atención como tú lo haces. Sé que soy una chica como todas las demás, pero siento que hay algo especial en mí, porque siempre hay algo especial en cada uno de nosotros (o eso pienso).
Ahora tengo en mi cabeza tu imagen. Sonríes, como muchas veces, mostrando tu perfecta alineación de dientes blanquecinos y colocados perfectamente todos en su sitio. Y tus ojos. ¡Oh tus ojos! Parecen sonreír contigo, y eso me hace aún más feliz de lo que puedo ser cuando te pienso.
También percibo tu olor de alguna manera. Olor a humedad después de un día de lluvia, olor a calle mezclado con la colonia que sueles llevar y que tanto me gusta.
Y ahora mismo estoy sintiendo que me abrazas fuertemente. ¡Oh, sería tan feliz si lo hicieras! Sería la mujer más feliz del universo. 
Y al final, esto ha acabado siento otra carta en la que te describo, y en la que yo me autodestruyo, aunque una parte de mi ser está bien con esto, pensando en ti.

miércoles, 23 de abril de 2014

71

Me pasé toda la vida haciendo pactos con el diablo para librarme de aquellos monstruos que se metían debajo de mi cama y hacían que se consumiese mi vida lentamente mientras dormía, pero ni siquiera él pudo. Ahora no queda mucho de mí. Sólo soy un saco de huesos junto a un montón de carne putrefacta, y desearía poder volver al pasado y luchar contra ellos, con mi espada, como el más noble de los caballeros andantes, salvo que yo no soy un hombre, pero tampoco soy tan dulce y delicada como las damiselas. Era una mujer, sin más. Y por eso no pude combatirlos, porque yo no era nada, y no podía luchar contra ellos y el diablo me engañó con uno de sus trucos, como a la mayoría de los humanos, pero es que yo deseaba que yo no fuera como esos humanos, ¿sabías?
¿Y qué por qué hablé con el diablo? Porque ni los más poderosos dioses pudieron hacerles frente tampoco. Nadie podía, y maldigo el día en el que me acosté en aquella cama, tan suave, tan mullida, tan apetecible. Era la trampa perfecta para alguien como yo.
Desde ese día odio ser tan ilusa, tan tonta, tan... tan yo. Quiero volver a la vida de nuevo, aunque eso implique ser yo de nuevo, con mis virtudes y mis defectos. 
¡Recuerdo esos días en los que me quejaba de mí! ¡Qué estúpida era y qué estúpida soy! Me quejaba y ahora daría lo que fuera por volver a respirar una bocanada de aire. Daría todo por volver al pasado y decirle a mi yo del pasado que luche contra los monstruos en vez de pedir ayuda a la gente, porque ellos nunca ayudan, ni nunca ayudarán. Muchas guerras las luchamos solos, y he tenido que morir para darme cuenta. Y eso es lo que me hace tan idiota.
Necesito que alguien me devuelva lo que tenía. ¡Monstruos, venid!¡Devolvedme lo que es mío! No quiero perder la cabeza (si es que no la he perdido ya) observando la vida con mis propios ojos, porque no sabía que la vida iba a doler tanto si yo no estaba en ella.

domingo, 20 de abril de 2014

Días tristes.

Días de lluvia, que
equivalen a días tristes,
en los que las canciones amargas
no dejan de sonar.


Observa al cielo llorar,
compadécete de las 
miles de lágrimas que 
sueñan con volar. 


Pero ellas caen y caen, 
como las miles de lágrimas
que me arrancan estas canciones
de desamores y traiciones.


¿Escuchas los truenos?
son los gritos de esta 
incesable tormenta.


¿Escuchas eso?
Son mis alaridos
al sentirte tan lejos.


Entre lágrimas me duermo,  
y con hermosos rayos
de mil y un colores
me despierto.


¡Ya está aquí! ¡Ya llegó! 
Se acabaron las lágrimas
y las canciones amargas,
y con ello los días tristes.


Riamos juntos durante
esta gran aparición de
colores, porque ya no 
hay más días grises.


Dediquémosle una
bonita canción a
este gran comienzo.
A los días felices. 

Dejémoslo todo atrás, 
centrémonos en el ahora,
porque este no será
para siempre. 

miércoles, 16 de abril de 2014

Cállate.

Tantas voces, 
gritos y susurros
me acabarán volviendo
loca.

Cállate, cállate,

no hables, 
solo deja que 
el silencio fluya.

No me hables 

del pasado.
No me hables
de lo que fui.

Dejar de ser 

un monstruo 
no ha sido
para nada fácil.

Así que cállate,

cállame, 
pero haz que 
todo esto acabe.

Haz que cesen estas voces

que traen tantos oscuros
momentos a mi torturada
mente.

¿Me estoy volviendo

loca o es que
ya lo estoy?
No lo sé.

Cállate, cállate,

acaba con este
doloroso juego
y mátalos.

Mátate a ti, 

a los monstruos,
a los recuerdos,
mátame.

Cállate, cállame,

estemos en silencio 
un rato y dejemos 
que el silencio nos lleve.

¿Qué a dónde nos va a llevar?

Lejos de toda esta tortura,
este incesante dolor 
y de estas voces. 

¿Ves cómo todo acaba?

¿Ves cómo todo cesa?
Sólo tenías que dejar
de hablar.

martes, 8 de abril de 2014

68.

Porque cuando llega la noche
todo lo demás desaparece
y sólo quedan 
pensamientos que horrorizan tu mente.

Pero entonces llegas tú
y con tus palabras
consigues sanar
las heridas que han sido abiertas.

Porque todos necesitamos
a alguien 
que no nos deje caer nunca.

Porque todos necesitamos 
a alguien
que nos haga sentir vivos.

Déjame que te diga
que eres 
lo suficientemente bueno
para conseguir esto.

Calla, no escuches
las voces de tu mente, 
sólo céntrate
en esto que está escrito.

Porque no siempre
estaremos en los cielos, 
pero no tenemos 
por qué estar en el infierno.

Es tu decisión
intentar las cosas imposibles
y conseguirlas 
a pesar de todo.

Y esto te lo dice
el alma más torturada
que jamás
podrás encontrar.



viernes, 4 de abril de 2014

Noche vs día

Si la noche fuera una persona, seguramente me casaría con ella. Porque solo con ella he compartido momentos llenos de sentimientos contradictorios. Porque ella sabe quién soy, qué pienso, qué me ocurre. Porque he llorado, reído, soñado y chillado y ella ha sido la única que lo ha percibido.
¿A quién no le gusta la noche? Al principio, de pequeños, tratamos a la noche y demás como algo malo, debido a la oscuridad, y al día como algo bueno, ya que hay mucha luz, pero después, te das cuenta de que las cosas son al revés. El día es el período en el que finges que estás bien, en el que sonríes aunque por dentro estés llorando, pero luego con la noche te sinceras y acabas expulsándolo todo de ti mismo. Es decir, que la noche saca de ti toda tu esencia, liberándola, ya que no lo has hecho durante el día. 
¿Quién no adora las noches de insomnio hablando con aquellas personas que se quedan expresamente por ti para hacerte compañía y echar unas risas? ¿Y las noches de luna llena? ¿Y esas noches en las que el aire frío trae olor a húmedo? ¿Y esas noches de verano en las que hace un calor insoportable y te quedas despierto mirando las estrellas? 
La noche tiene cosas buenas. Al igual que el día, que tampoco es tan malo, después de todo, porque, ¿a quién no le gustan esas mañanas en las que el sol está radiante y las empiezas con música a todo volumen? ¿Y la brisa suave que te recorre el alma durante las mañanas de primavera? ¿Y las tardes grises en las que te quedas en casa escuchando música mientras escuchas la lluvia caer? 
Pero, por último, diré que a pesar de todo, siempre amaré la noche. Siempre. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Reencuentro.

Caminaba decidida, pero a la vez nerviosa, por las calles contiguas a la plaza. Le temblaban las piernas ligeramente, y por mucho que ella intentara ocultar todo lo que sentía, su cuerpo lo exteriorizaba con su tembleque continuo y su respiración acelerada.
Se sentó sobre uno de los numerosos bancos que estaban desperdigados por aquel solitario lugar. Parecía un banco normal a vista de cualquiera, era de color gris, ya que era metálico, y veteado con manchas de óxido, ya que llevaba allí mucho tiempo. Para ella no era un simple banco. Era su banco. Era el sitio en el que había compartido infinidad de momentos con él, y que ya nunca volverían.
Él acudió puntual, como siempre, y ella se lo agradeció con una amplia sonrisa. Había echado de menos ver sus ojos verde esmeralda, que tantos años atrás la habían vuelto loca.
Se levantó para saludarlo, y se fundieron en un extraño abrazo. No era cálido, ni tampoco frío, solamente era un abrazo corriente, sin más, un abrazo como dado por obligación más que por el cariño que tienes a la otra persona.
No dijeron nada durante unos segundos que se hicieron eternos. Era como si ambos si se estuviesen estudiando mutuamente, como quien estudia a un enemigo antes de lanzarse a una pelea.
Habían cambiado respecto a la última vez que se vieron, muchos años atrás. Por ese entonces ella era una chica tímida, cerrada en sí misma, y él un chico sensible y comprensivo. Ahora ella era una mujer esbelta, más madura y valiente que antaño, y él era más frío y despiadado, pero entre los rincones más oscuros de su alma seguía estando ahí ese muchacho que sufría y quería a los demás.

— Hola. Cuánto tiempo. — dijo ella, rompiendo así todos los silencios.
— Sí... ¿Qué tal tu vida? — respondió él, intentando buscar un tema de conversación. Ambos se sentían como dos puros desconocidos, y por un segundo echaron de menos no haberse alejado el uno del otro durante tanto tiempo.
— Pues... Con numerosos cambios. Ya nada es como antes. — contestó fijando la mirada hacia un lado. Se mordió la lengua. Quería decirle tantas cosas, tantas cosas relacionadas con el pasado que compartieron juntos, pero decidió callar. 
— Cierto. — afirmó él, y acto seguido cogió y se dio media vuelta, dispuesto a marcharse, así, sin decir nada. Tampoco es que hubiese mucho que decir para él. Su historia estaba acabada, pero se alegraba de ver lo alto que parecía haber llegado en todo aquel tiempo. Comenzó a caminar, sin mirar atrás. Sabía que si lo hacía se quedaría con ella y no. Ella era agua pasada.

— Quédate... — dijo ella en un susurro apenas audible. — Por favor. 

Pero él no se dio la vuelta por mucho que lo deseara, y ella lo vio marchar, y todo se fue con él. Absolutamente todo.