Caminaba decidida, pero a la vez nerviosa, por las calles contiguas a la plaza. Le temblaban las piernas ligeramente, y por mucho que ella intentara ocultar todo lo que sentía, su cuerpo lo exteriorizaba con su tembleque continuo y su respiración acelerada.
Se sentó sobre uno de los numerosos bancos que estaban desperdigados por aquel solitario lugar. Parecía un banco normal a vista de cualquiera, era de color gris, ya que era metálico, y veteado con manchas de óxido, ya que llevaba allí mucho tiempo. Para ella no era un simple banco. Era su banco. Era el sitio en el que había compartido infinidad de momentos con él, y que ya nunca volverían.
Él acudió puntual, como siempre, y ella se lo agradeció con una amplia sonrisa. Había echado de menos ver sus ojos verde esmeralda, que tantos años atrás la habían vuelto loca.
Se levantó para saludarlo, y se fundieron en un extraño abrazo. No era cálido, ni tampoco frío, solamente era un abrazo corriente, sin más, un abrazo como dado por obligación más que por el cariño que tienes a la otra persona.
No dijeron nada durante unos segundos que se hicieron eternos. Era como si ambos si se estuviesen estudiando mutuamente, como quien estudia a un enemigo antes de lanzarse a una pelea.
Habían cambiado respecto a la última vez que se vieron, muchos años atrás. Por ese entonces ella era una chica tímida, cerrada en sí misma, y él un chico sensible y comprensivo. Ahora ella era una mujer esbelta, más madura y valiente que antaño, y él era más frío y despiadado, pero entre los rincones más oscuros de su alma seguía estando ahí ese muchacho que sufría y quería a los demás.
— Hola. Cuánto tiempo. — dijo ella, rompiendo así todos los silencios.
— Sí... ¿Qué tal tu vida? — respondió él, intentando buscar un tema de conversación. Ambos se sentían como dos puros desconocidos, y por un segundo echaron de menos no haberse alejado el uno del otro durante tanto tiempo.
— Pues... Con numerosos cambios. Ya nada es como antes. — contestó fijando la mirada hacia un lado. Se mordió la lengua. Quería decirle tantas cosas, tantas cosas relacionadas con el pasado que compartieron juntos, pero decidió callar.
— Cierto. — afirmó él, y acto seguido cogió y se dio media vuelta, dispuesto a marcharse, así, sin decir nada. Tampoco es que hubiese mucho que decir para él. Su historia estaba acabada, pero se alegraba de ver lo alto que parecía haber llegado en todo aquel tiempo. Comenzó a caminar, sin mirar atrás. Sabía que si lo hacía se quedaría con ella y no. Ella era agua pasada.
— Quédate... — dijo ella en un susurro apenas audible. — Por favor.
Pero él no se dio la vuelta por mucho que lo deseara, y ella lo vio marchar, y todo se fue con él. Absolutamente todo.
Se levantó para saludarlo, y se fundieron en un extraño abrazo. No era cálido, ni tampoco frío, solamente era un abrazo corriente, sin más, un abrazo como dado por obligación más que por el cariño que tienes a la otra persona.
No dijeron nada durante unos segundos que se hicieron eternos. Era como si ambos si se estuviesen estudiando mutuamente, como quien estudia a un enemigo antes de lanzarse a una pelea.
Habían cambiado respecto a la última vez que se vieron, muchos años atrás. Por ese entonces ella era una chica tímida, cerrada en sí misma, y él un chico sensible y comprensivo. Ahora ella era una mujer esbelta, más madura y valiente que antaño, y él era más frío y despiadado, pero entre los rincones más oscuros de su alma seguía estando ahí ese muchacho que sufría y quería a los demás.
— Hola. Cuánto tiempo. — dijo ella, rompiendo así todos los silencios.
— Sí... ¿Qué tal tu vida? — respondió él, intentando buscar un tema de conversación. Ambos se sentían como dos puros desconocidos, y por un segundo echaron de menos no haberse alejado el uno del otro durante tanto tiempo.
— Pues... Con numerosos cambios. Ya nada es como antes. — contestó fijando la mirada hacia un lado. Se mordió la lengua. Quería decirle tantas cosas, tantas cosas relacionadas con el pasado que compartieron juntos, pero decidió callar.
— Cierto. — afirmó él, y acto seguido cogió y se dio media vuelta, dispuesto a marcharse, así, sin decir nada. Tampoco es que hubiese mucho que decir para él. Su historia estaba acabada, pero se alegraba de ver lo alto que parecía haber llegado en todo aquel tiempo. Comenzó a caminar, sin mirar atrás. Sabía que si lo hacía se quedaría con ella y no. Ella era agua pasada.
— Quédate... — dijo ella en un susurro apenas audible. — Por favor.
Pero él no se dio la vuelta por mucho que lo deseara, y ella lo vio marchar, y todo se fue con él. Absolutamente todo.
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