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martes, 19 de mayo de 2015

124.

Atado a estas cadenas me hallo,
escribiéndote desde mi celda estoy,
y es cierto que necesito un milagro
para seguir sobreviviendo hoy.

Encerrado y muerto de frío,
mordiéndome las uñas,
rasgándome con brío,
mi piel desnuda.

Es cierto que necesito una salvación,
quizá esa seas tú,
o puede que todo sea producto de mi imaginación.
Tanto como tú.

Sigo pensando en mis pecados
y en todos los crímenes que cometí.
Todo aquello es pasado,
como el quererte a ti.

Hay voces que me preguntan cada noche 
cómo es que sigo respirando.
Y puede que tenga mil achaques,
pero aún sigo amando.

Mientras haya amor habrá salvación.
Mientras sigas soñando con la libertad
esta existirá 
en toda oración.

Perdóname si dije algo que no debía,
si maté a personas inocentes.
Yo no controlaba lo que decía,
yo no podía verles.

No podía verles a través de esta furia
la cual también me ha llevado a arrasar 
tu piel con toda esta lujuria.
Matar. Amar. Matar. Amar.

Tú me diste esta pistola,
ahora la utilizo en tu contra.
Un. Dos. Tres.
Vuelves atrás otra vez.

Vuelves otra vez a la otra vida
de donde nunca deberías haber salido,
pequeña alma desvalida.
No deberías haber salido.

Ahora solo quedan estas cuatro paredes 
y el recuerdo de tu presencia.
Una pistola hablándome
alimentando mi demencia.

Solo un gesto.
Ven a verme cuando muera.
Aunque muchos no merezcan esto.
Es mejor que muera. 





viernes, 15 de mayo de 2015

Caso sobreseído.

Sentada delante del tribunal, con las manos temblorosas y el sudor cayéndome a goterón vivo. Así me encontraba yo, débil y asustada. Tenía miedo de perderlo todo. De perderte.
Las treinta personas ahí presentes, sin contarnos a ti y a mí y nos clavaban sus espeluznantes miradas, espectantes. Esperaban la respuesta a la pregunta del siglo. 
Me giré y te miré. Vi tus ojos, color azabache, y todo el miedo pareció desaparecer por un instante. Estabas conmigo, aunque por otra parte no lo estuvieras. Esbozaste una sonrisa, la cual me hizo enloquecer, pero callé y volví a mirar al juez.
Él, de mirada seria, cansada y acusadora, estaba esperándome. Tenía en la mano el mazo, y miraba los papeles a cada segundo, para asegurarse de que aún quedaban cosas para encerrarme.
"Te quiero." Eso fue lo único que decía mi mente a cada segundo que pasaba. Y cada vez más alto. Y tan alto tan alto que ya era imposible escuchar nada más. El problema estaba ya en mi respiración, en mis venas, en mi mente.
Pero mentí. Mentí aunque juré no hacerlo. Para salvarnos, para salvarte. Porque no te merecías esto, aunque a lo mejor yo sí. No lo sé.
Sé que odias que no sepa las cosas, pero siento que algunas veces es mejor no saber para no hacerme más daño a mí misma. Porque lo que sé no me gustaria saberlo, y lo que no sé me deja aún un poco de libertad.
La verdad nunca te libera, dicen. Corroboro esa frase. Totalmente cierta, y es por eso por lo que debo callar hoy. Puede que mañana hable. O puede que nunca. De momento miento, aunque soy la historia que nunca miente. Pero no mientas: ¿tú no mentirías si supieras que con la verdad podrías perderlo todo? 
Nos liberaron, y el juez y los demás presentes empezaron a irse, vaciando la sala. Nos quedamos tú y yo solos, y te acercas a mí. Me dices que te alegras de que esté bien, cuando deberías preocuparte de tu pellejo antes que de mí. Yo no soy nadie. Y menos sin ti.
Pero sabes que en el fondo algo oculto, no eres tonto. Y tu "¿Por qué?" me pone histérica. Es mejor que no sepas, querido.
Es mejor que esperes a que las aguas se calmen, a que mi alma esté arreglada, y mi boca preparada para hablar.

Caso sobreseído.


domingo, 10 de mayo de 2015

Mi ciudad de cristal.

Y fiel como el año pasado, os dejo este relato el cual voy a presentar al concurso de relatos de mi instituto. El tema era "Ciudadanos Europeos" y bueno, al principio me costó un poco, pero gracias a la ayuda de alguien (el protagonista real de esta historia) he podido crear esto. Gracias a todo aquel que lo lea. Espero que os guste.
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España. Fecha y hora: diecisiete de septiembre, once menos cuarto de la mañana. Tiempo: nublado, aunque algún rayo de sol asoma por detrás de ese cúmulo de nubes que se observa en el cielo. Camino por las calles de Madrid, directo hacia el aeropuerto. No me gusta admitirlo, pero estoy nervioso. Nervioso porque hoy comienza un nuevo capítulo en mi vida. Me voy de aquí, sí. Dejo atrás a mi querida España, mi hogar durante  gran parte de mi vida, y me dirijo a un nuevo destino: Alemania, la tierra de las grandes tragedias (aunque todo aquello sea ya agua pasada).

La verdad es que a día de hoy me pregunto cómo he podido tener tanta suerte y conseguir una oportunidad como esta. Estudiar en un país del extranjero. ¡Quién lo diría! ¡Yo, que nunca pensé que saldría de España hasta no acabar la carrera! Lo cual sería dentro de… ¿Cuatro? ¿Cinco años? ¡Quién sabe!

Entro entonces en el aeropuerto, el cual estaba atestado de gente que entra y sale con sus respectivas pertenencias. Las ganas de subirme al avión y sentarme (para poder así detener el tembleque continuo de mis piernas, las cuales llevaban así todo el trayecto) aumentan por momentos.

Consigo embarcar tras pasar un rato esperando, pero eso no es nada con las tres horas de avión que me esperan.
Y al final, llego a Múnich. Me levanto de un salto, cojo mis maletas y salgo despedido del aeropuerto. La curiosidad me llama.

La distribución de las calles, los coches, las personas… Todo allí es tan diferente. Aquel lugar desprende magia, y eso es algo que  se percibe en cada muro. Y más aún, algo me dice que esta será la ciudad de mi vida. Mi ciudad de cristal. Tan bella y llena de fuerza. Creo que me he enamorado de ella, si es que aquello realmente puede llegar a ocurrir.

Alemania, veintitrés de febrero, a las cinco de la tarde:

Ha pasado ya bastante tiempo desde que llegué aquí, a Reichenbach, el cual fue mi destino desde el principio. He cambiado mucho desde que llegué aquí, y la verdad es que me ha venido bien. Las cosas aquí son tan diferentes, que cada día echo más de menos mi casa, la cual abandoné para poder así dejar de ser una carga para todos. Pero al parecer soy una carga en todos lados.

Las cosas con mi familia de acogida alemana no van demasiado bien. Qué digo, van de mal en peor. La situación que estoy viviendo es tan delicada que hay que sujetarla con manos de acero para que no se caiga. Arabella creo que siempre será un ejemplo a seguir para mí. Lucha todos los días una batalla que perfectamente puede perder contra su ex marido, Frank. Y todo por la persona que más quiere, su hijo. Es lo que tiene tener enemigos muy retorcidos en los tribunales, supongo.

Enemigos los cuales vienen a por mí también… La maldad no tiene límites, y siempre pagan los inocentes. ¡Qué desastre!

Ordeno mi habitación en un silencio absoluto, pensando en todas las cosas que todavía tengo que hacer.

—  Hola, Diego. — su voz ha sonado muy cerca de mí. Me giro a milésimas de segundo. Aun estando en silencio no la había oído llegar. Le sonrío y ella se sienta en una silla, delante de mí.

— Estás en peligro. Frank… Frank tiene planes horribles para ti. Y creo que lo mejor es que te vayas antes de que las cosas empeoren.  — respira hondo. Está muy seria, y habla muy lentamente y en voz muy baja por si hay alguien escuchando. Últimamente las paredes parecen tener oídos.  — No tienes la culpa de nada…

— No te preocupes. Pagaré mi billete y me iré. — la interrumpo antes de que pueda terminar. Cada vez me gusta menos ese hombre y su idea de hacer daño.

Después de esta conversación no paro de darle vueltas a la cabeza. ¿Qué hago? ¿Me quedo aquí a pesar de todo, me alejo de ellos y busco trabajo o me vuelvo a España, donde soy una molestia para mi familia?

Ese mismo día, a las cuatro de la mañana aproximadamente:

Al final me he decidido a buscar billetes para volver a casa. Casa la cual no sabe nada de mi situación, casa que piensa que todo va perfecto, pero que a pesar de todo me echa de menos.

Ya con el billete entre mis manos me dispongo a separar las cosas de vital interés para volver, dejando allí miles de mis pertenencias en aquel lugar…

— No me gusta esto de desprenderme de mis cosas — me digo a mí mismo. Pero tengo que hacerlo. Tengo que escapar de estas garras que están a punto de acorralarme y hacerme daño.

Mi vuelo sale a las nueve y media de la mañana. Son las cuatro y veinte de la mañana. El tren sale a las seis, y recién acabo de terminar de ponerlo todo listo para irme. Me tumbo un poco en la cama, estoy agotado. Tan agotado que mis ojos se cierran…

Y cuando me despierto… ¡Son las seis y cuarto! Me levanto de un salto, cojo mis cosas y salgo corriendo a la estación, esperando que el tren se retrasara. Pero por desgracia, no tengo esa suerte.

Estoy en medio de la nada, con lágrimas en los ojos, la desesperación en mi rostro y un dolor insoportable en el pecho, como si lo estrujara poco a poco. Siento cómo me falta el aire a cada segundo que pasa.

« ¿Qué hago? No tengo nada. Solo mi billete y mi dolor. » pienso, pero algo en mí despierta… Y son las ganas de luchar. Adiós a la vergüenza, a la timidez, al miedo, a mis cadenas. Es cierto que no sé casi nada de alemán, solo inglés, pero tengo que intentarlo.

Me lanzo a las casas, a los coches, a cualquier persona que pasa por aquí. A todas les transmito mi mensaje: no tengo dinero, no puedo quedarme aquí y necesito volver a mi casa.

Mucha gente pasa de mí, como si fuera un despojo de la humanidad, un vagabundo el cual pide algo para luego robarles. Aunque es cierto que una mujer se ha parado y me ha dicho que volverá con el dinero que necesito. Eso me libera un poco…

Pero el tiempo pasa y esa mujer no vuelve, acabando así con todas mis esperanzas. Y es entonces cuando me dirijo al coche de una chica, la cual parecía bastante joven. Entre sollozos y más sollozos le explico mi situación, mientras ella calla. Parece dudar, y yo decido dejarla en paz y me siento en la acera, cabizbajo y sin parar de llorar.

Entonces escucho el sonido de un claxon. Levanto la vista fugazmente. Era ella. Me hace un gesto para que suba. Me froto los ojos, como si me acabara de levantar de una gran siesta. No me lo puedo creer. ¿En serio esto no es un sueño?

Corro hacia el coche, y me subo a la velocidad de la luz. Le digo que me dirijo a Múnich, ya que allí está el avión que me llevará a casa de nuevo. Ella me mira, y aunque parece que este viaje le vaya a costar demasiado, pone en marcha el coche.

Pero eso sí, creo que nunca olvidaré las únicas palabras que me ha dedicado al bajar del coche y darle las gracias con una enorme sonrisa de alivio y felicidad:

— He hecho esto porque espero que si alguna vez me pasa esto, me gustaría encontrar a una persona que hiciera lo mismo por mí. — esboza una sonrisa y me mira tiernamente. — Y ahora, ve. Tienes que correr mucho. No te detengas, porque de ser así no llegarás a tiempo. Ve todo recto y a la cuarta esquina gira a la derecha. Ahí está el aeropuerto. Una vez allí intenta ir más deprisa aún. Los aviones y los trenes alemanes nunca se retrasan, espero que eso sea algo que hayas aprendido hoy.

Sin pensarlo dos veces cojo mi maleta y corro como si me fuera la vida en ello. Me queda menos de cuarto de hora para llegar y embargar. ¿Lo voy a conseguir? Es algo que dudo, pero merece la pena intentarlo…

¡Llegué! ¡Conseguí subir! ¡Me voy a casa! ¡Por fin! Por primera vez en mi vida puedo decir que creo en los milagros. Porque sé que el universo y el destino han hecho un pacto, se han dado la mano y han hecho que yo consiga llegar. Este, sin duda, ha sido el viaje de mi vida… Y sé, que algún día volveré aquí. Porque una parte de mí se ha quedado en esas calles, aparte de mis pertenencias.

Cinco años después…

Una parte de mí ha hecho que vuelva a escribir aquí, en este desgastado cuaderno el cual creía olvidado después de aquella experiencia.

¿Qué por qué he vuelto a escribir? Porque aquí estoy de nuevo, Alemania. Y he vuelto para quedarme. Y nada ni nadie me hará dar la vuelta.

Sí, he vuelto, mi ciudad de cristal. ¿Me echaste de menos?


Y a partir de ahí todas las demás hojas están arrancadas. Pero la historia sigue en aquel que la quiera continuar. En aquel que tenga la mala suerte de sufrirla en algún futuro.  Porque un día puedes despertarte y tener que ganarle un pulso al destino. El personaje de este relato lo hizo, ¿por qué tú no? Lucha por aquello en lo que crees o necesites, y todo siempre irá bien.


Historia basada en hechos reales.