Sentada delante del tribunal, con las manos temblorosas y el sudor cayéndome a goterón vivo. Así me encontraba yo, débil y asustada. Tenía miedo de perderlo todo. De perderte.
Las treinta personas ahí presentes, sin contarnos a ti y a mí y nos clavaban sus espeluznantes miradas, espectantes. Esperaban la respuesta a la pregunta del siglo.
Me giré y te miré. Vi tus ojos, color azabache, y todo el miedo pareció desaparecer por un instante. Estabas conmigo, aunque por otra parte no lo estuvieras. Esbozaste una sonrisa, la cual me hizo enloquecer, pero callé y volví a mirar al juez.
Él, de mirada seria, cansada y acusadora, estaba esperándome. Tenía en la mano el mazo, y miraba los papeles a cada segundo, para asegurarse de que aún quedaban cosas para encerrarme.
"Te quiero." Eso fue lo único que decía mi mente a cada segundo que pasaba. Y cada vez más alto. Y tan alto tan alto que ya era imposible escuchar nada más. El problema estaba ya en mi respiración, en mis venas, en mi mente.
Pero mentí. Mentí aunque juré no hacerlo. Para salvarnos, para salvarte. Porque no te merecías esto, aunque a lo mejor yo sí. No lo sé.
Sé que odias que no sepa las cosas, pero siento que algunas veces es mejor no saber para no hacerme más daño a mí misma. Porque lo que sé no me gustaria saberlo, y lo que no sé me deja aún un poco de libertad.
La verdad nunca te libera, dicen. Corroboro esa frase. Totalmente cierta, y es por eso por lo que debo callar hoy. Puede que mañana hable. O puede que nunca. De momento miento, aunque soy la historia que nunca miente. Pero no mientas: ¿tú no mentirías si supieras que con la verdad podrías perderlo todo?
Nos liberaron, y el juez y los demás presentes empezaron a irse, vaciando la sala. Nos quedamos tú y yo solos, y te acercas a mí. Me dices que te alegras de que esté bien, cuando deberías preocuparte de tu pellejo antes que de mí. Yo no soy nadie. Y menos sin ti.
Pero sabes que en el fondo algo oculto, no eres tonto. Y tu "¿Por qué?" me pone histérica. Es mejor que no sepas, querido.
Es mejor que esperes a que las aguas se calmen, a que mi alma esté arreglada, y mi boca preparada para hablar.
Caso sobreseído.
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