.

.

domingo, 14 de febrero de 2016

142.

De mi más profundo yo a tu más eterno tú:

Quizá no debería escribirte esta carta, porque la sociedad de hoy en día está empeñada en que los sentimientos no se pronuncian, se manifiestan. Pero... ¿cómo puedo yo demostrarte que quizá haya llegado el fin del mundo? ¿Que por qué me atrevo a decirlo? Porque siento que el mundo ya ha acabado para mí desde que nuestras miradas se cruzaron por primera vez.
Ese contacto incorpóreo y a la vez tan lleno de solidez, porque rozaste así todas y cada una de las fibras de mi ser, el cual temía desvanecerse en cualquier momento; tan vivificador pero a la vez tan mortífero, matando así todos y cada uno de los demonios de mi mente; tan irreal y tan vívido, todo al mismo tiempo.
Y estas palabras se quedan aún cortas para describir lo que yo, como alma humana que soy (o que era, ya no lo sé) puedo sentir en milésimas de segundo. Porque una de tus miradas, una de tus sonrisas, una de tus caricias... Duran todas un segundo (algunas veces bastante más) pero es lo suficiente para darle la vuelta a mi mundo una y otra vez, mezclando mis sentimientos, mis pensamientos, nublando mi mente.
Estoy infectada. Me has contagiado esto del amor, esta enfermedad que para muchos es una maldición y es regalo para otros, un hálito de vida para sus almas. Ahora todo gira alrededor de un eje que eres tú. Eres tú todo el día a todas horas: al despertar, al caminar, al soñar.
Y todo esto lo hicieron unas palabras susurradas al oído de una pequeña adolescente que se obligaba a creer que no hay otra cosa que no sea un amor sin final desdichado, un beso entremezclado con alcohol y café, otro bajo la lluvia, una melodía que solo nuestras dos almas eran capaces de percibir, una caminata nocturna por los recovecos de nuestras almas.
Mentiría si dijera que después de todo esto, no te quiero. Y un poquito más si negara el hecho de que siento mi miedo recorrer mis huesos cada vez que siento que te alejas de mí, tanto en cuerpo como mente.
Y... mentiría aún más si dijese que no te necesito. Porque eres la otra mitad de este ser, el ying de mi yang, el hemisferio derecho de este cerebro terminal, el Sol que ilumina todos los días todos y cada uno de los rincones de mi mente.
Quiéreme. No te digo que sea algo sempiterno, porque todo tiene su debido fin, pero... Por favor, que eso sea en la otra vida. Porque aunque el mundo ya se haya acabado, sigo estando viva. Y puedo vivir quizá en un mundo sin ti, pero nunca en una vida sin tu sonrisa.

Atentamente, la muchacha que dejó su corazón a tu cargo.