Y fiel como el año pasado, os dejo este relato el cual voy a presentar al concurso de relatos de mi instituto. El tema era "Ciudadanos Europeos" y bueno, al principio me costó un poco, pero gracias a la ayuda de alguien (el protagonista real de esta historia) he podido crear esto. Gracias a todo aquel que lo lea. Espero que os guste.
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España. Fecha y hora: diecisiete de septiembre, once menos cuarto de la
mañana. Tiempo: nublado, aunque algún
rayo de sol asoma por detrás de ese cúmulo de nubes que se observa en el cielo.
Camino por las calles de Madrid, directo hacia el aeropuerto. No me gusta
admitirlo, pero estoy nervioso. Nervioso porque hoy comienza un nuevo capítulo
en mi vida. Me voy de aquí, sí. Dejo atrás a mi querida España, mi hogar
durante gran parte de mi vida, y me
dirijo a un nuevo destino: Alemania, la tierra de las grandes tragedias (aunque
todo aquello sea ya agua pasada).
La verdad es que a día de hoy me
pregunto cómo he podido tener tanta suerte y conseguir una oportunidad como
esta. Estudiar en un país del extranjero. ¡Quién lo diría! ¡Yo, que nunca pensé
que saldría de España hasta no acabar la carrera! Lo cual sería dentro de…
¿Cuatro? ¿Cinco años? ¡Quién sabe!
Entro entonces en el aeropuerto, el cual
estaba atestado de gente que entra y sale con sus respectivas pertenencias. Las
ganas de subirme al avión y sentarme (para poder así detener el tembleque
continuo de mis piernas, las cuales llevaban así todo el trayecto) aumentan por
momentos.
Consigo embarcar tras pasar un rato
esperando, pero eso no es nada con las tres horas de avión que me esperan.
Y al final, llego a Múnich. Me levanto
de un salto, cojo mis maletas y salgo despedido del aeropuerto. La curiosidad
me llama.
La distribución de las calles, los
coches, las personas… Todo allí es tan diferente. Aquel lugar desprende magia,
y eso es algo que se percibe en cada
muro. Y más aún, algo me dice que esta será la ciudad de mi vida. Mi ciudad de cristal.
Tan bella y llena de fuerza. Creo que me he enamorado de ella, si es que
aquello realmente puede llegar a ocurrir.
Alemania, veintitrés de febrero, a las
cinco de la tarde:
Ha pasado ya bastante tiempo desde que
llegué aquí, a Reichenbach, el cual fue mi destino desde el principio. He
cambiado mucho desde que llegué aquí, y la verdad es que me ha venido bien. Las
cosas aquí son tan diferentes, que cada día echo más de menos mi casa, la cual
abandoné para poder así dejar de ser una carga para todos. Pero al parecer soy
una carga en todos lados.
Las cosas con mi familia de acogida
alemana no van demasiado bien. Qué digo, van de mal en peor. La situación que
estoy viviendo es tan delicada que hay que sujetarla con manos de acero para
que no se caiga. Arabella creo que siempre será un ejemplo a seguir para mí.
Lucha todos los días una batalla que perfectamente puede perder contra su ex
marido, Frank. Y todo por la persona que más quiere, su hijo. Es lo que tiene
tener enemigos muy retorcidos en los tribunales, supongo.
Enemigos los cuales vienen a por mí
también… La maldad no tiene límites, y siempre pagan los inocentes. ¡Qué
desastre!
Ordeno mi habitación en un silencio
absoluto, pensando en todas las cosas que todavía tengo que hacer.
—
Hola, Diego. — su voz ha sonado muy cerca de mí. Me giro a milésimas de
segundo. Aun estando en silencio no la había oído llegar. Le sonrío y ella se
sienta en una silla, delante de mí.
— Estás en peligro. Frank… Frank tiene
planes horribles para ti. Y creo que lo mejor es que te vayas antes de que las
cosas empeoren. — respira hondo. Está
muy seria, y habla muy lentamente y en voz muy baja por si hay alguien
escuchando. Últimamente las paredes parecen tener oídos. — No tienes la culpa de nada…
— No te preocupes. Pagaré mi billete y
me iré. — la interrumpo antes de que pueda terminar. Cada vez me gusta menos
ese hombre y su idea de hacer daño.
Después de esta conversación no paro de
darle vueltas a la cabeza. ¿Qué hago? ¿Me quedo aquí a pesar de todo, me alejo
de ellos y busco trabajo o me vuelvo a España, donde soy una molestia para mi
familia?
Ese mismo día, a las cuatro de la
mañana aproximadamente:
Al final me he decidido a buscar
billetes para volver a casa. Casa la cual no sabe nada de mi situación, casa
que piensa que todo va perfecto, pero que a pesar de todo me echa de menos.
Ya con el billete entre mis manos me
dispongo a separar las cosas de vital interés para volver, dejando allí miles
de mis pertenencias en aquel lugar…
— No me gusta esto de desprenderme de
mis cosas — me digo a mí mismo. Pero tengo que hacerlo. Tengo que escapar de
estas garras que están a punto de acorralarme y hacerme daño.
Mi vuelo sale a las nueve y media de la
mañana. Son las cuatro y veinte de la mañana. El tren sale a las seis, y recién
acabo de terminar de ponerlo todo listo para irme. Me tumbo un poco en la cama,
estoy agotado. Tan agotado que mis ojos se cierran…
Y cuando me despierto… ¡Son las seis y
cuarto! Me levanto de un salto, cojo mis cosas y salgo corriendo a la estación,
esperando que el tren se retrasara. Pero por desgracia, no tengo esa suerte.
Estoy en medio de la nada, con lágrimas
en los ojos, la desesperación en mi rostro y un dolor insoportable en el pecho,
como si lo estrujara poco a poco. Siento cómo me falta el aire a cada segundo
que pasa.
« ¿Qué hago? No tengo nada. Solo mi
billete y mi dolor. » pienso, pero algo en mí despierta… Y son las ganas de
luchar. Adiós a la vergüenza, a la timidez, al miedo, a mis cadenas. Es cierto
que no sé casi nada de alemán, solo inglés, pero tengo que intentarlo.
Me lanzo a las casas, a los coches, a
cualquier persona que pasa por aquí. A todas les transmito mi mensaje: no tengo
dinero, no puedo quedarme aquí y necesito volver a mi casa.
Mucha gente pasa de mí, como si fuera un
despojo de la humanidad, un vagabundo el cual pide algo para luego robarles.
Aunque es cierto que una mujer se ha parado y me ha dicho que volverá con el
dinero que necesito. Eso me libera un poco…
Pero el tiempo pasa y esa mujer no
vuelve, acabando así con todas mis esperanzas. Y es entonces cuando me dirijo
al coche de una chica, la cual parecía bastante joven. Entre sollozos y más
sollozos le explico mi situación, mientras ella calla. Parece dudar, y yo
decido dejarla en paz y me siento en la acera, cabizbajo y sin parar de llorar.
Entonces escucho el sonido de un claxon.
Levanto la vista fugazmente. Era ella. Me hace un gesto para que suba. Me froto
los ojos, como si me acabara de levantar de una gran siesta. No me lo puedo
creer. ¿En serio esto no es un sueño?
Corro hacia el coche, y me subo a la
velocidad de la luz. Le digo que me dirijo a Múnich, ya que allí está el avión
que me llevará a casa de nuevo. Ella me mira, y aunque parece que este viaje le
vaya a costar demasiado, pone en marcha el coche.
Pero eso sí, creo que nunca olvidaré las
únicas palabras que me ha dedicado al bajar del coche y darle las gracias con
una enorme sonrisa de alivio y felicidad:
— He hecho esto porque espero que si
alguna vez me pasa esto, me gustaría encontrar a una persona que hiciera lo
mismo por mí. — esboza una sonrisa y me mira tiernamente. — Y ahora, ve. Tienes
que correr mucho. No te detengas, porque de ser así no llegarás a tiempo. Ve
todo recto y a la cuarta esquina gira a la derecha. Ahí está el aeropuerto. Una
vez allí intenta ir más deprisa aún. Los aviones y los trenes alemanes nunca se
retrasan, espero que eso sea algo que hayas aprendido hoy.
Sin pensarlo dos veces cojo mi maleta y
corro como si me fuera la vida en ello. Me queda menos de cuarto de hora para llegar
y embargar. ¿Lo voy a conseguir? Es algo que dudo, pero merece la pena
intentarlo…
¡Llegué! ¡Conseguí subir! ¡Me voy a
casa! ¡Por fin! Por primera vez en mi vida puedo decir que creo en los
milagros. Porque sé que el universo y el destino han hecho un pacto, se han
dado la mano y han hecho que yo consiga llegar. Este, sin duda, ha sido el
viaje de mi vida… Y sé, que algún día volveré aquí. Porque una parte de mí se
ha quedado en esas calles, aparte de mis pertenencias.
Cinco
años después…
Una parte de mí ha hecho que vuelva a
escribir aquí, en este desgastado cuaderno el cual creía olvidado después de
aquella experiencia.
¿Qué por qué he vuelto a escribir?
Porque aquí estoy de nuevo, Alemania. Y he vuelto para quedarme. Y nada ni
nadie me hará dar la vuelta.
Sí, he vuelto, mi ciudad de cristal. ¿Me
echaste de menos?
Y
a partir de ahí todas las demás hojas están arrancadas. Pero la historia sigue
en aquel que la quiera continuar. En aquel que tenga la mala suerte de sufrirla
en algún futuro. Porque un día puedes
despertarte y tener que ganarle un pulso al destino. El personaje de este
relato lo hizo, ¿por qué tú no? Lucha por aquello en lo que crees o necesites,
y todo siempre irá bien.
Historia
basada en hechos reales.
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