Alcé la vista un milisegundo, lo suficientemente para ver tu silueta inerte, justo frente a mí. La volví a bajar. No podía mantener la mirada fija. No podía encontrarme con tus ojos o si no sería otro puñal clavado en el pecho.
Quería pegar un puñetazo tan fuerte en la pared que dejara una abolladura. Quería quedarme sin voz del grito tan fuerte que quería dar. Quería acercarme a ti y aniquilarte con una mirada. Quería morirme. Quería, quería...
¿A dónde habíamos llegado? O mejor dicho, ¿tan bajo había caído como para querer coger un cuchillo y hundirlo en mi vientre? ¿Tanto había hecho una persona tan insignificante como yo?
Las piernas me temblaban y sentía cómo poco a poco el oxígeno iba escaseando en mis pulmones. Mareos. Náuseas entremezcladas con lágrimas. Una parálisis mental inminente. Ojos desenfocados y voz inexistente.
Tenía todas y cada una de las palabras que me dirigías cayendo una tras otra, todas sobre mis hombros. El mundo feliz que parecía haberse construido se iba cayendo poco a poco, dejando en su rastro retazos de recuerdos bonitos.
La primera mirada que nos dirigimos. La primera sonrisa. Nuestra primera palabra. Nuestro primer abrazo. Nuestro primer secreto. Nuestra primera pelea. Nuestro primer día peleados. Nuestras reconciliaciones. Nuestras ganas de matarnos en algunas ocasiones. Nuestros "sacrificios" por el otro. Nuestras lágrimas. Nuestras primeras lágrimas juntos, y las últimas también. Mi primer "Te quiero" y último. Tus inconfundibles "Te quiero" a cuentagotas y que yo siempre valoré y almacené en mi mente durante días enteros hasta que volvía a ser pronunciado por tus labios.
¿Hola? Por un momento dudé si podías oírme. Luego me di cuenta de que era mi garganta, que se había cerrado para hacerme tragar el dolor y no expulsarlo de otra manera que no fuera el reguero de lágrimas agrias que estaban brotando de mis ojos.
A ti te daba igual. Seguías hablando. Seguías maldiciéndome. Seguías haciéndome sentir aún más culpable. Aún más insignificante de lo que jamás me podía haber llegado a sentir. Seguías haciendo que cayese más bajo en un túnel en el que ya me había adentrado desde hace mucho antes de conocerte y del que esperaba que me ayudases a salir. Porque me daba igual fallarle a otra persona... pero a ti no.
Que me quería morir. Y lo deseaba con todas mis ganas. Quería que fueses lo último que viesen mis ojos antes de acabar al final de ese callejón sin salida que había creado con mis propias manos. O mejor dicho, con mis propios pensamientos. Con mis propias torturas. Con mi propio dolor.
Mi corazón desde siempre había tenido un límite en cuanto al dolor... Bueno, tú me hiciste descubrirlo, además de que puedo llegar a alcanzar el mismísimo cielo con tal de traerte el arcoiris si es lo que quieres.
Al final tu voz cesó. Empezó a brotar la sangre, y con ello un pánico irracional. Fue solo cuestión de segundos. Todo desapareció a mi vista. Solo volví a verte una vez y... me dormí profundamente, con intención de no despertar.
«Buenas noches.» fue lo último que oí salir de tus labios.
Y... Fin de la historia.
Y... Fin de la historia.
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