No le importaba su caos matutino,
ni sus ojeras, testigos de otra noche sin dormir,
ni su melena alborotada,
ni sus ojos a medio abrir.
Ella solo cogía y se sentaba
en una habitación de paredes agrietadas
y ventanas abarrotadas.
Fuera de allí era todo, y dentro era absolutamente nada.
Seis horas de caos
durante cinco días a la semana
y doscientos y pico días al año.
Que el tiempo se le escurría de entre las manos...
Cada minuto allí
era un paso más hacia el éxito.
Hacia los sueños,
hacia un futuro incierto.
Un futuro que todos los allí reunidos
en esas cuatro paredes blancas
se esforzaban por moldear a su antojo,
todo en vano.
Porque el futuro no se construye,
el futuro llega,
viene y se va.
Algunas veces bien, otras mal.
Incierto fenómeno este,
tan explosivo y tan fugaz,
tan deseado y tan voraz.
tan dependiente.
Y es que ella se negaba a la suerte,
ella quería cambiarlo.
Y esta es la historia
de cómo por intentar cambiar el futuro...
Todo se volvió negro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario