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lunes, 5 de octubre de 2015

136.

Eres mi vía de escape — susurró él con la voz entrecortada, que sonó muy cerca de su oído y en lo más hondo de su corazón. 
Se miraron. Él tenía los ojos vidriosos y sentía cómo su corazón estaba a punto de estallar. La quería y sentía su amor recorriendo cada parte de su ser.

Eres lo único que me hace huir de la complejidad del mundo en el que vivimos. Mi mundo paralelo e infinitamente más bello que este. Entonces, pues, ¿me dejarás recorrerlo? — 

Ella enmudeció y se quedó quieta, casi paralizada por completo, cual estatua de marfil. No daba crédito a las palabras que escuchaba y luchaba por liberarse de esa fuerza que le mantenía los labios aún pegados, sin opción a separarse por un milisegundo.
Él acercó tímidamente su mano derecha a su mano izquierda pues ella aún permanecía frente a él, sentada y sin capaz de articular palabra. 
No obtenía respuesta. Vaciló. No sabía qué estaba pasando, y la acumulación de sangre en la cabeza bombeaba provocando el sonido de un incesable tambor.
Se volvieron a mirar, diciendo nada y a la vez diciéndoselo todo. No necesitaban palabras, y descubrieron que ese silencio no era incómodo. El muchacho suspiró levemente.
Y fue justo en aquel momento en el que él dejaba su aire escapar por su boca, en el que ella estrechó su mano con la suya. Él se sentía a punto de desfallecer. 
Y se rompieron las fuerzas, poniendo el mundo de ambos patas arriba. Ella, libre por fin de la parálisis momentánea, con su mano libre acarició su rostro como quien acaricia el terciopelo para apreciar su suavidad. 
Cogió aire, se arrimó un poco más a él y ya lo demás fueron para aquel joven fuegos artificiales. Sus labios se unieron a los de ella, después de tanto tiempo deseando ocurriera. Y así fue.
Y no fueron ni uno, ni dos, ni tres besos. Fueron una infinidad de ellos, seguidos de la aventura de aquel chico de explorar cada una de las curvas de la adolescente, algo así como lo que debió sentir Colón cuando descubrió América. Un mundo nuevo y fascinante. Y en el que nada más comenzar a explorar se sintió a punto de morir. Porque casi se encontró la muerte nada más empezar. En efecto, casi se acaba su aventura con la primera curva, que era la de su sonrisa al besarse por primera vez. 

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