Otra vez me deslizaba por las cuerdas de mi arpa, bailando con el vaivén del columpio en ese alba inmortal. Me preguntaba qué pasaba realmente por mi cabeza, pues ni yo misma acertaba a adivinar.
El movimiento de mis dedos era instantáneo; la melodía, amarga; y mi voz cantando, pura oscuridad transformada en sonido.
La vida se escapaba ante mis ojos y yo no alcanzaba a verla. ¿Tan rápido se esfuma todo? ¿Los recuerdos, las personas, tú mismo? Estaba incrédula. Me negaba a creerlo.
Y es por eso que me dejé llevar. Me abandoné a la música, ya que ella nunca me hacía daño. Ella, con su dulce tacto, me recogía entre sus brazos y no me soltaba, alejándome así de todo el sufrimiento del mundo exterior.
Cierto es que ya no me quedaba nada salvo ella. Y mientras pudiera escucharla, lucharía. Lucharía contra mis miedos e inseguridades, contra las personas que nunca me quisieron, contra el destino que pronto caerá sobre mí.
Pero oh, querida mía. Qué feliz era en ese momento en el que te daba forma con mis manos y dejaba que te fundieras con el silencio de aquel laberinto en el que me hallaba, buscando a la anterior razón de mi existencia.
Era un cuerpo distinto al mío, capaz de crear con las mismas cuerdas pasiones en los corazones de hasta los mismísimos demonios.
Era un ser que se llevó una parte de mí, y que siempre quise recuperar.
Por eso, música mía, no me dejes nunca. Como hicieron mi mente y mi razón hace tanto tiempo cuando el dolor vino a mí.
Tú eras y eres lo único que me hará volver de este viaje sin retorno, el cual me llevó a lugares que nunca se deberían nombrar.
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