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domingo, 8 de febrero de 2015

Al filo del cuchillo, al borde de la muerte.

Frío. Voces. Lágrimas. Tú y yo. Te odiaba en ese momento, y la verdad es que tenía mis motivos. Solo chillaba. Tú hacías lo mismo. Era un bucle interminable.
Te gritaba porque te quería, y porque solo veías lo que tus ojos querían ver. Mis errores. Mis faltas. Mis desgracias.
¿Y qué hay del cariño? ¿De que casi doy mi vida a los demonios por ti? ¿Qué hay de todo lo que he arriesgado por abrazarte una noche más?
Las voces no cesaban. Era como si estuviéramos tirándole puñales al otro, a ver cuál de los dos acertaba antes. Y como siempre, fui yo la primera en recibir el primer golpe. El primero y el último.
Agarré fuertemente el cuchillo, el cuál no sabía ni cómo había llegado a mis manos, y pronuncié las últimas palabras:

— Esto es lo que hago yo cuando dices que no te quiero lo suficiente. Cuando dices que te miento. Cuando dices que no daría nada por ti cuando mataría si hiciera falta. — acerqué la hermosa y a la vez mortífera hoja metálica a mi brazo desnudo   Sangro. 


Y con un suave movimiento, provoqué el fin de todo. Sangre. Roja, pegajosa y viva todavía, pero sangre. Lo que me mantenía con vida, y lo estaba perdiendo por momentos, al igual que ya había perdido la cabeza momentos antes.

Daga al suelo, rencor fuera. Me observabas con los pozos negros que son tus ojos. Estabas preocupado, dolido. Quizá te sentías culpable. Quizá me querías tanto como yo lo hacía.
Me recogiste entre tus brazos, y me suplicabas que no te dejara. Yo me dejé llevar y...


Todo se volvió negro.


Y desperté. 

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