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lunes, 9 de junio de 2014

Almas arrebatadas y viajes sin retorno.

Y la muerte se encontraba entre sus sábanas, solamente que ella no se había percatado. No se había dado cuenta de que había fantasmas en ellas, durmiendo a escasos centímetros de ella. Ellos eran los causantes de sus intermitentes escalofríos cada noche, porque no era el frío, eran ellos. Pero ella, al no tener buena vista, nunca llegó a saberlo.
Pero una noche sí que llegó a sentirlos en sus carnes y con espantosa claridad. Los vieron llevarse su alma y juguetear con ella, sin intención de devolvérsela. Y fue así cómo su alma desapareció y ella pasó a ser un cuerpo etéreo, sin vida, sin sentimientos, sin nada.
Era un cúmulo de dolor que se movía de habitación a habitación, gritando y suplicando que al menos le devolvieran su alma, no importaba ya su vida. No pedía ser solo amor y cosas bonitas, ya que los fantasmas no podían ser así, iba en contra de su naturaleza, pero tampoco quería tanta amargura en su imperceptible vida para los ojos de aquellos que no se atrevían a mirar más allá.
Aunque al final acabó encontrándose con unos, y unos muy bonitos y llenos de vida, por cierto. Eran los de una niña pequeña, de cabellos rizados y piel pálida. Si no fuera porque su corazón parecía latir, ella hubiera dicho que era una de ellos.
Recordaba perfectamente el día en el que se la encontró. La niña estaba en el parque, columpiándose alegremente en un columpio de metal algo ya oxidado, y a pesar de que nadie estuviera allí, ella actuaba como si estuviese rodeada de una multitud de niños que la animaban.
Recordaba con muchísima claridad como al llegar ella la niña bajó del columpio y se acercó a ella, con ganas de ayudarla. Aquella criatura parecía ser la única que escuchaba sus lamentos detrás de la barreras que separaban ambos mundos, paralelos, pero a la vez muy cerca.
Las dos se cogieron de la mano y fueron en busca del alma de aquella que era una simple sombra, y, por desgracia, se aventuraron en un viaje sin retorno. Ningún ser, ya fuera de carne y hueso o un fantasma, volvió a saber de ellas. Tampoco las echaron de menos, y ellas tampoco, porque se habían alejado de todo y al fin habían encontrado a una acompañante, que era lo que tan afanosamente habían estado buscando.

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