Caminaba
rápidamente por los pasillos del edificio en el que estaba y que parecían un
laberinto, ya que no sabía muy bien por dónde ir para llegar a su destino.
Aquel edificio, de pareces blancas y escasas ventanas con rejas negras la hacía
estremecer. No le gustaba estar allí, pero era el único lugar en el que la
podrían ayudar de manera alguna.
Llegó
por fin a la puerta 314. Tenía que entrar. Respiró hondo y llamó a la puerta.
— Adelante. — dijo
una voz serena y cálida desde el otro lado de la puerta.
Se aventuró a pasar, y descubrió al
hombre alto, de piel pálida, pelo rubio y penetrantes ojos azules que veía
tantas veces al mes.
— ¿Qué tal estás hoy, Alice? — preguntó, como cada vez que la muchacha iba a aquella sala de paredes
azul oscuro, un escritorio y miles de estanterías desperdigadas por la
habitación (que tenía un cierto aroma a café que a ella le encantaba).
Ella
no respondió pero él supo la respuesta igualmente.
— A ver, siéntate. — le ofreció una silla de madera de caoba que era realmente bonita y
ella se sentó. Alice se sintió un poco mejor porque al estar sentada no
percibía tanto el tembleque continuo de sus piernas. — Cuéntame, ¿qué te
pasa? — siempre era el mismo método pero
no había otra manera de realizar aquellas consultas.
— H-hoy... Hoy deseé con todas mis ganas verme
muerta. Aunque siento que ya lo estoy y no sé por qué sigo respirando. Estoy
harta de ver cómo no hay nada bueno a mi alrededor. Todo está negro. No hay ni
un maldito lugar con un poco de luz. Estoy perdida entre toda esta oscuridad.
Mis demonios acabarán ganando este juego. Lo sé. Y lo sabes. Aunque sé que es
tu trabajo impedir que lo haga, pero ni siquiera tú que has estudiado cómo
funcionan nuestras mentes vas a poder conseguir que no lo haga. — respondió con los ojos vacíos y la mirada
perdida en un puto fijo del cuarto.
— ¿Sabes qué?
— ¿Qué?
— Que hagas lo que te plazca. ¿Quieres morir? Llama
a la muerte. ¿Quieres vivir? Quédate como estás. ¿Quieres ser un alma en pena?
Sé un alma en pena. ¿Quieres aire? Pues respira profundamente. Es tu decisión
qué hacer, y yo solamente estoy aquí para escucharte. Y algo me dice que hagas
lo que hagas, harás lo correcto.
La
muchacha se quedó un tanto sorprendida con la respuesta que le dio el doctor.
Quiso añadir algo más, pero no le salieron las palabras. Hizo ademán de
levantarse, y cuando ya estaba de pie el hombre le dijo:
— Mucha suerte, Alice. —
No
respondió y salió corriendo de allí. El psicólogo tenía razón, era su decisión.
Ella era la que llevaba las riendas. En realidad siempre lo había hecho
solamente que se había dejado manejar. Pero esta vez no.
Sus
piernas la llevaron a un puente. El puente con el que siempre había pensado y
deseado su muerte. Y el día, al fin había llegado.
Se
acercó al borde y miró al abismo. El agua estaba helada, era puro invierno. No
sobreviviría. Era su oportunidad. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada.
Pero las piernas empezaron a fallarle, y un miedo irracional la poseyó. No
quería tirarse. ¿Pero qué le estaba pasando?
— Amas demasiado a la vida y por eso sabía que nunca
conseguirías saltar. — dijo una voz tras
ella. Su psicólogo la observaba, con una media sonrisa en el rostro y el brazo
extendido, ofreciéndole la mano — Ven, ven conmigo. — La chica cogió su mano y se miraron a los ojos. Sabía que tenía razón.
No sería capaz de hacerlo.
Dejó
de buscar la muerte porque sabía que no vendría a por ella (no al menos en ese
momento) y se esforzó por hacer de ella alguien mejor. Intentó ser la luz en la
oscuridad. El ángel que no se veía tentado aunque se hallase rodeado de
demonios.
Y
él nunca la volvió a ver por su consulta, y se alegró más que ella misma.
«Otra vida salvada» pensaba, orgulloso.
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