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domingo, 15 de junio de 2014

86.

Caminaba rápidamente por los pasillos del edificio en el que estaba y que parecían un laberinto, ya que no sabía muy bien por dónde ir para llegar a su destino. Aquel edificio, de pareces blancas y escasas ventanas con rejas negras la hacía estremecer. No le gustaba estar allí, pero era el único lugar en el que la podrían ayudar de manera alguna.
Llegó por fin a la puerta 314. Tenía que entrar. Respiró hondo y llamó a la puerta.

— Adelante. — dijo una voz serena y cálida desde el otro lado de la puerta.

 Se aventuró a pasar, y descubrió al hombre alto, de piel pálida, pelo rubio y penetrantes ojos azules que veía tantas veces al mes.

— ¿Qué tal estás hoy, Alice? — preguntó, como cada vez que la muchacha iba a aquella sala de paredes azul oscuro, un escritorio y miles de estanterías desperdigadas por la habitación (que tenía un cierto aroma a café que a ella le encantaba).

Ella no respondió pero él supo la respuesta igualmente.

— A ver, siéntate. — le ofreció una silla de madera de caoba que era realmente bonita y ella se sentó. Alice se sintió un poco mejor porque al estar sentada no percibía tanto el tembleque continuo de sus piernas. — Cuéntame, ¿qué te pasa? — siempre era el mismo método pero no había otra manera de realizar aquellas consultas.

— H-hoy... Hoy deseé con todas mis ganas verme muerta. Aunque siento que ya lo estoy y no sé por qué sigo respirando. Estoy harta de ver cómo no hay nada bueno a mi alrededor. Todo está negro. No hay ni un maldito lugar con un poco de luz. Estoy perdida entre toda esta oscuridad. Mis demonios acabarán ganando este juego. Lo sé. Y lo sabes. Aunque sé que es tu trabajo impedir que lo haga, pero ni siquiera tú que has estudiado cómo funcionan nuestras mentes vas a poder conseguir que no lo haga. — respondió con los ojos vacíos y la mirada perdida en un puto fijo del cuarto.

— ¿Sabes qué?

— ¿Qué?


— Que hagas lo que te plazca. ¿Quieres morir? Llama a la muerte. ¿Quieres vivir? Quédate como estás. ¿Quieres ser un alma en pena? Sé un alma en pena. ¿Quieres aire? Pues respira profundamente. Es tu decisión qué hacer, y yo solamente estoy aquí para escucharte. Y algo me dice que hagas lo que hagas, harás lo correcto.


La muchacha se quedó un tanto sorprendida con la respuesta que le dio el doctor. Quiso añadir algo más, pero no le salieron las palabras. Hizo ademán de levantarse, y cuando ya estaba de pie el hombre le dijo:


— Mucha suerte, Alice. —

No respondió y salió corriendo de allí. El psicólogo tenía razón, era su decisión. Ella era la que llevaba las riendas. En realidad siempre lo había hecho solamente que se había dejado manejar. Pero esta vez no.
Sus piernas la llevaron a un puente. El puente con el que siempre había pensado y deseado su muerte. Y el día, al fin había llegado.
Se acercó al borde y miró al abismo. El agua estaba helada, era puro invierno. No sobreviviría. Era su oportunidad. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada. Pero las piernas empezaron a fallarle, y un miedo irracional la poseyó. No quería tirarse. ¿Pero qué le estaba pasando?

— Amas demasiado a la vida y por eso sabía que nunca conseguirías saltar. — dijo una voz tras ella. Su psicólogo la observaba, con una media sonrisa en el rostro y el brazo extendido, ofreciéndole la mano — Ven, ven conmigo. — La chica cogió su mano y se miraron a los ojos. Sabía que tenía razón. No sería capaz de hacerlo.

Dejó de buscar la muerte porque sabía que no vendría a por ella (no al menos en ese momento) y se esforzó por hacer de ella alguien mejor. Intentó ser la luz en la oscuridad. El ángel que no se veía tentado aunque se hallase rodeado de demonios.

Y él nunca la volvió a ver por su consulta, y se alegró más que ella misma. «Otra vida salvada» pensaba, orgulloso.

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