A ella siempre de pequeña la habían asustado los
vampiros. Tan fríos, tan rápidos, tan letales, con los ojos tan abiertos y tan
penetrantes, observando a sus presas. No quería ser una de ellas, porque si así
fuera, no tendría escapatoria y una vida eterna (o la muerte) vendría a por
ella.
Siempre había pensado que una vida inmortal podría
llegar a ser bonita si hubiera alguien a quien apreciaras para pasarla con
ella. Pero ella no quería tener que pagar ese precio. No quería tener que
alejarse del sol por si su piel empieza arder, no quería tener que ver morir a
sus seres queridos o matarlos para conservarlos a su lado. No le gustaba la
sangre. Ni el frío. Ni las miradas que matan.
Pero cambió de parecer en cuanto uno de ellos se
cruzó en su camino, con su halo de misterio y su actitud protectora, con su
mirada llena de sabiduría y su espíritu indomable, con su dulce aroma a flores
silvestres y su pelo ligeramente ondulado. E inevitablemente, se enamoró de él.
Su mente era un constante: «Va a hacerte daño, no te
fíes.» y su corazón un: «No sé qué sería de mí sin su sonrisa.» Quería
resistirse a ese hechizo, pero sabía perfectamente que ya había caído en sus
redes y que muy difícilmente conseguiría escapar (con vida).
Todo cambió una noche en la que todo control
desapareció. Ninguno de los dos sabía lo que hacía exactamente, pero solo
querían disfrutar del otro hasta límites insospechados. Y aquel fue un gran,
pero que gran error.
Porque él confundió el amor con necesidad, y acabó
hincando sus dientes en su bonito cuello de cisne, haciendo de ella un ser
semejante a él, pálido, frío, con pupilas rojizas, y sobretodo, con sed de
sangre.
Y cuando ella quiso darse cuenta, se había
convertido en el ser que siempre había odiado ser. Y todo por culpa de aquel al
que más quería. En su cabeza aparecían preguntas a la velocidad de la luz:
«¿Qué me pasa? ¿En qué me he convertido? ¿Por qué? ¿Podré perdonarlo? ¿Podré
cambiarlo todo?»
Se sintió débil, utilizada y dolida. Se había
convertido en un monstruo por haberse enamorado del monstruo más bello de
todos, y ahora sentía su fallo en sus carnes. Su corazón no latía, su sangre no
fluía, toda la vida se había ido de ella. La vida, a la que tanto ella había
amado.
Pero solo había muerto para pasar a otra vida. A la
vida eterna. Y como ella decía: «Una vida inmortal puede ser bonita si tienes a
quien amas a tu lado.» Y fue ahí cuando se preguntó si realmente amaba a aquel
ser. Al chico de la voz grave y encantadora, al chico misterioso, al de la piel
de marfil, al de la sonrisa imperfectamente perfecta.
Y descubrió que sí, que sería capaz de ser un ser
horrible con tal de pasar con él el resto de sus días. Que daban igual sus
padres, sus amigos, sus familiares, todo. Nada se comparaba con tenerlo a él
todos los días a su lado al despertar.
Deslizó suavemente la mano por su mejilla para
apartarse de sí esas lágrimas que habían emanado de sus ojos. No sabía si
lloraba porque echaba de menos en algún rincón de su alma a su corazón
latiendo, o si lloraba de la felicidad al haber encontrado con quien compartir
sus días, que hasta ese entonces habían sido tan fríos y solitarios.

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