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domingo, 8 de junio de 2014

Amor a base de frío y sangre.

A ella siempre de pequeña la habían asustado los vampiros. Tan fríos, tan rápidos, tan letales, con los ojos tan abiertos y tan penetrantes, observando a sus presas. No quería ser una de ellas, porque si así fuera, no tendría escapatoria y una vida eterna (o la muerte) vendría a por ella.
Siempre había pensado que una vida inmortal podría llegar a ser bonita si hubiera alguien a quien apreciaras para pasarla con ella. Pero ella no quería tener que pagar ese precio. No quería tener que alejarse del sol por si su piel empieza arder, no quería tener que ver morir a sus seres queridos o matarlos para conservarlos a su lado. No le gustaba la sangre. Ni el frío. Ni las miradas que matan.
Pero cambió de parecer en cuanto uno de ellos se cruzó en su camino, con su halo de misterio y su actitud protectora, con su mirada llena de sabiduría y su espíritu indomable, con su dulce aroma a flores silvestres y su pelo ligeramente ondulado. E inevitablemente, se enamoró de él.
Su mente era un constante: «Va a hacerte daño, no te fíes.» y su corazón un: «No sé qué sería de mí sin su sonrisa.» Quería resistirse a ese hechizo, pero sabía perfectamente que ya había caído en sus redes y que muy difícilmente conseguiría escapar (con vida).
Todo cambió una noche en la que todo control desapareció. Ninguno de los dos sabía lo que hacía exactamente, pero solo querían disfrutar del otro hasta límites insospechados. Y aquel fue un gran, pero que gran error.
Porque él confundió el amor con necesidad, y acabó hincando sus dientes en su bonito cuello de cisne, haciendo de ella un ser semejante a él, pálido, frío, con pupilas rojizas, y sobretodo, con sed de sangre.
Y cuando ella quiso darse cuenta, se había convertido en el ser que siempre había odiado ser. Y todo por culpa de aquel al que más quería. En su cabeza aparecían preguntas a la velocidad de la luz: «¿Qué me pasa? ¿En qué me he convertido? ¿Por qué? ¿Podré perdonarlo? ¿Podré cambiarlo todo?»
Se sintió débil, utilizada y dolida. Se había convertido en un monstruo por haberse enamorado del monstruo más bello de todos, y ahora sentía su fallo en sus carnes. Su corazón no latía, su sangre no fluía, toda la vida se había ido de ella. La vida, a la que tanto ella había amado.
Pero solo había muerto para pasar a otra vida. A la vida eterna. Y como ella decía: «Una vida inmortal puede ser bonita si tienes a quien amas a tu lado.» Y fue ahí cuando se preguntó si realmente amaba a aquel ser. Al chico de la voz grave y encantadora, al chico misterioso, al de la piel de marfil, al de la sonrisa imperfectamente perfecta.
Y descubrió que sí, que sería capaz de ser un ser horrible con tal de pasar con él el resto de sus días. Que daban igual sus padres, sus amigos, sus familiares, todo. Nada se comparaba con tenerlo a él todos los días a su lado al despertar.
Deslizó suavemente la mano por su mejilla para apartarse de sí esas lágrimas que habían emanado de sus ojos. No sabía si lloraba porque echaba de menos en algún rincón de su alma a su corazón latiendo, o si lloraba de la felicidad al haber encontrado con quien compartir sus días, que hasta ese entonces habían sido tan fríos y solitarios.




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