Gotas y gotas,
lágrimas y lágrimas.
Eso es lo que provocaba
en ella su canción favorita.
La de las mañanas de verano,
y las tardes lluviosas de otoño,
las noches de invierno
y las salidas de primavera.
La de los recuerdos amargos,
sus deslumbrantes sonrisas,
los momentos en silencio
y sus miradas apasionadas.
Todo aquello lo encerraba
una simple melodía, que
mataba a su corazón,
tiempo por tiempo.
Cada nota, cada palabra,
que esta contenía,
estaban grabadas en su mente,
provocando en ella un llanto continuo.
Lo quería, la quería,
pero todo acabó,
por una extraña razón,
que ella nunca entendió.
Y por fin acabó la canción,
y con ella el dolor cesó,
y ella pudo por fin
volver a sonreír.
Lo echaba de menos.
Oh, sí, mucho de menos.
Porque ella no era feliz así,
sola, sin nadie.
Necesitaba a alguien,
necesitaba compañía,
necesitaba su compañía,
pero él no estaba.
Se había esfumado con
el sonido de su canción
al acabarse,
al apagarse.
Ya nada quedaba,
salvo ella sentada
sobre el césped del parque
en el que aquel día se besaron.
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