Me preguntaba si se podría llegar a morir de amor o si todo aquello que contaban eran meras patrañas que se había inventado la gente para dar una forma de morir totalmente innovadora y perfecta para cualquier historia de amor. Y al final el mundo acabó dándome una respuesta, que ahora mismo desearía no haber conocido.
Cuando decían que el amor es una droga, decían la verdad. Lo es porque actúa como ellas; nos ponen a cien, o a dos mil por hora, pero al cabo de un rato la velocidad disminuye, llevándose así toda la euforia que nos dan la mayoría de las veces, destrozando todo lo que nos rodea, destrozándonos a nosotros mismos.
Me acuerdo perfectamente de tus ojos. Eran de un color poco convencional, ya que a algunas veces eran marrones y otras verdes, y eso es lo que te hacía más especial de lo que ya eras. De tu sonrisa, tan bien construida que mentiría si no dijera que era perfecta, incomparable, única. De tu pelo, negro como el ala de un cuervo, enmarañado y poco cuidado, que a pesar de todo a mí tanto me gustaba. Y cómo no de tus ropas llenas de girones que te daban esas pintas de vagabundo que, de alguna manera, me llamaban mucho la atención.
No eras el típico adolescente, que te encandila para quitarte la ropa. No. Tú, tu constancia, tu mirada llena de amor, tus gestos, las peleas que ganaste para intentar alejar de mí a todo aquel que me hacía daño, me demostraron que no, que no eras como los demás. Y por eso me gustabas. Y por eso intentaba alejarte, para no hacerte más daño.
Pero me costaba estar sin ti, intentando darte celos, intentando mil y una cosa para que me olvidaras, pero ahí seguías tú, dispuesto a mover cielo y tierra por mí.
No pude resistir más. Caí en tus redes, y en parte no me arrepiento de aquello. Pasé contigo los amaneceres, las mañanas, los mediodías, las tardes y las madrugadas más bonitas de mi vida. Era realmente feliz contigo, y te lo digo ahora porque nunca te lo dije, porque sabes que soy de pocas palabras y muchas acciones.
Todo fue como siempre había soñado, hasta que empecé a oír voces en mi cabeza. Ellos, estaban allí, y me consumían. Y ellos fueron los que hacían que me alejase de ti, poco a poco.
Pero tú estabas allí dispuesto a combatir a todos mis monstruos, cuando no sabías que ellos habían sido creados por tu amor. Y por eso cada vez era más débil, hasta el límite de querer desaparecer, sin más.
Y ya no fuiste tú el que pudo ayudarme. Fue otro, un hombre con la capacidad de eliminar de mi mente todo lo que ocurría. Y le hiciste frente también a las murallas que creó en mi mente y que me alejaban de todos los recuerdos de lo que había vivido.
Y esta fue la única pelea que perdiste, porque este hombre era más despiadado y astuto de lo que te podías imaginar. Te enfrentaste por mí, por el amor que sentías, otra vez más y créeme que tu recuerdo estará siempre presente. Porque fuiste tú el que me demostró que sí se podía morir por amor y que no todas las historias tienen un final feliz.
Ahora me encuentro delante de ti, espero, escribiéndote esto, porque sé que no seré capaz de contar todo esto en voz alta nunca. Porque tú ahora estás tan muerto y yo tan viva, que deseo con toda mi alma marchita que fuera al revés. Porque el mundo no me necesita, pero a ti sin embargo sí porque haces de él un lugar más bonito para todos los que te rodean. Justamente como tú lo hacías para mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario