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lunes, 14 de julio de 2014

90.

Aquella noche no quería dormir. Debía seguir despierta o si no vendrían a por mí. ¿Qué quiénes vendrían? No es desde luego ni el "Coco" ni "Jeff the killer" a perturbarme o a matarme, en el peor de los casos. Eras tú con tu recuerdos, tan presentes y nítidos que a veces me he preguntado si aún seguías aquí y no estabas en el mundo paralelo en el que se encuentran todos al morir hasta pagar por sus pecados cometidos en vida, bien llamado el purgatorio. Porque el cielo no es para todos, y aunque fuiste maravilloso hay cosas de las que nadie se libra.
Al final me dormí, entre pensamiento y pensamiento, y una parte de mí se quejó por mi gran debilidad. Pero no me arrepiento, porque te conseguí ver.
Estabas ahí, delante de mí, mirándome fijamente. Vestías con aquella chaqueta con la cual todos te identificábamos y tu media sonrisa que era capaz de mover medio mundo, y la cual siempre llevabas puesta. Era como si realmente nada hubiese cambiado.

— Quédate. — supliqué. Sabía que se iría en cualquier momento y mi corazón sangraba por ello.

Él no respondió. Se quedó callado, mientras nuestro juego de miradas continuaba y él se iba acercando a la cama lentamente. Dejó de acercarse cuando se encontraba a unos escasos centímetros de mí y me tendió la mano. Dudé unos instantes, pero acabé por extender la mía también.
Vacío. Eso fue lo que mi mano tocó. Presa del pánico empecé a agitarla, aún sabiendo que él no estaba allí ya.

Fue en ese momento en el que desperté, con lágrimas en los ojos, la respiración entrecortada y el sudor empapando mi cuerpo por completo. Ya no solo me dejabas en vida, si no que ya también me dejabas en sueños. Y eso me rompía el corazón más que el hecho de que ya no estuvieras en el mismo mundo que yo.


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