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lunes, 17 de febrero de 2020

Sentimientos en bruto.

Siempre he sido partidaria del hecho de que hay que aprender a disfrutar del silencio de la habitación y del bullicio la mente, pero: ¿qué hacer cuando el murmullo se hace insoportable? ¿Y la sensación de ahogo? ¿Y la rabia? ¿Y la frustración del no poder escapar? 
Mientras escribo esto tengo la sensación de que ni la puñalada más certera podrá sacar de mis entrañas ni una mísera gota de sangre. No sé cuántas veces he amenazado con matar(me) las expectativas.
Unos sueñan con gloria, otros tan solo nos conformamos con aceptación y conformidad a pesar la adversidad. ¿Qué precio estás dispuesto a pagar por ello? ¿Cuánto tiempo alargarás el sufrimiento por algo que quizá ni llegue?
Yo ya he fijado metas realistas. Una y otra vez abro mi cuaderno y las escribo a lápiz porque sé que en cuestión de días las ansias por querer cambiar las cosas me harán querer borrarlo todo y volver a empezar. Aún me pregunto el por qué de mi miedo a arrancar la primera hoja, si ya está tan sucia y arrugada como mi mente.
Tengo que aprender a soltar.
Tengo que aprender a soltar.
Tengo que aprender a volar. 

miércoles, 10 de julio de 2019

Ya no hablamos.

Ya no hablamos de las dudas en tus ojos llorosos,
de tu sonrisa nerviosa mientras sujetas tu taza de café
y divagas al revivir recuerdos borrosos.

Ya no hablamos de aquellas madrugadas
donde las risas predominaban mientras jugábamos a las cartas,
uniendo así nuestras infancias.

Ya no hablamos de tus manos sujetando las mías 
mientras caminábamos por la playa vacía.
Esas noches de Agosto que se hacían imborrables...

Ya no hablamos de política, de música o de religión.
Pues ahora la vida no está hecha para los que nadan a contracorriente.
Todos piensan que hablamos para llamar la atención.

Ya no hablamos de las causas perdidas,
de la rabia que sientes al ver tus heridas,
de esta sociedad que parece estreñida
y que tiene a un asesino en cada esquina.

Simplemente, ya no hablamos.
Porque tenemos miedo a alzarnos.
Porque nuestras mentes están atadas y amordazadas.
Porque si se atrevieran a pronunciar palabra...

Gritarían.
Porque no saben qué hacer con tanto amor y tantos sueños,
con tantas dudas y tantas inquietudes.
Con tanto corazón.

A las 12 espero tu mensaje.
Para volver a hablar, pero sin hablar.
Para contarnos todo con la mirada.
Para recordarnos con una caricia.
Y evadirnos con el sonido de la brisa.

Porque no hace falta hablar para decirte
que te he echado de menos.


jueves, 23 de mayo de 2019

Y qué pasa si tengo miedo.


Y qué pasa si tengo miedo.
¿Soy acaso peor persona por ello?
Todos me miran desde el estrado
esperando mi fracaso.

Nunca deseé tanto
darles con la verdad en los labios.
Y gritar bien alto:
“Aquí soy yo la que mando.”

Ya de nada valen sus presiones.
Hoy he cogido carrerilla
y he de decir que me siento lista
para luchar por mis ambiciones.

La principal: mi gran cambio
para alejarme así de todo lo malo
y poder así aprehender
qué es la esencia del ser.

Para ello sé que navegaré
por aguas turbulentas,
esas que nacen cuando hay tormenta.
Pero siempre sale el sol.

Sé que merecerá la pena.
No me preguntes por qué.
Yo tampoco lo sé.
Pero merecerá la pena.

sábado, 20 de abril de 2019

160.


De qué vale dar sinceras palabras
si van acompañadas de lágrimas amargas.
La sinceridad es solo un instante
y el silencio es una constante.

Me quedé con tantas cosas que sacar a relucir
tantos míseros instantes de los que quiero huir.
Quiero sacar la basura de mi mente
y dejar vacío mi inconsciente.

De qué me sirvió amar
si siempre salgo perdiendo como la que más.
Las lágrimas van cayendo una a una,
mientras miro nuestra luna.

Esa que nos regaló nuestro primer beso,
la primera caricia y el primer momento.
Me preguntó si tú también la observas
o giras la cabeza a un lado porque no quieras verla.

Al final los sentimientos son como sus rayos
insaciables y sangrientos vasallos
que buscan enamorados cuando la marea está baja
y así poder disparar una lanza (directa al corazón).

Te echo de menos y ya no sé cómo expresarlo.
Tampoco sé qué hacer con esta soga que me asfixia.
Se llama culpabilidad, es una gran amiga mía.
Tú también la conoces.





miércoles, 12 de septiembre de 2018

Aún estamos a tiempo.

Esta noche parece que el minutero, insaciable, recorre cada una de las líneas del reloj en su afán por llegar a la hora marcada, justo a tiempo.
Siempre me pregunto qué es peor: ¿tener la sensación de que no tienes tiempo o disponer de él libremente? Siento que es buen momento para posicionarme. 
Estoy harta de trabajar hasta tarde, de quemar el flexo a causa de todas las horas invertidas (que no malgastadas) haciendo algo que me gusta, pero que no me deja disfrutar del todo. Ya sabéis, ese sabor agridulce que te deja en el paladar el chicle nada más empezarlo, pero que conforme vas a masticándolo se queda en algo insípido y apenas perceptible. 
Pero tampoco me gusta no tener nada que hacer. Sí, te ofrece la ventaja de construir tu día según tus necesidades, deseos o inquietudes, pero no deja de ser una hoja en blanco que puede embadurnarse fácilmente de tinta por culpa de un frustrado escritor. Al final acabas y sientes que no has hecho nada, te sientes inútil, arrancas la página y cierras el libro por hoy. Te sientas en la cama y das una, dos, tres vueltas. Consumes tus minutos en pensar. Piensas en la persona que te atendió en la cafetería (sí, esa chica que se mostraba muy amable y que te regaló una cálida sonrisa en un día de lluvia, cosa que siempre se agradece), la letra de esa canción que pensabas olvidada (pero que tu memoria, siempre fiel, hace que aparezca en tu mente justo en el momento más inoportuno del día) y para más inri en aquella persona que quieres sacar de tu mente a toda costa y que el mundo se encarga de ponerte en frente (ya sea de forma literal o simbólica) justo cuando tú lo único que quieres hacer es desaparecer. 
Te estarás preguntando: entonces, Aracnoides ¿con qué te quedas? ¿Con el tiempo, o sin él? 
Y yo, para tu sorpresa (y tu futuro odio) te digo que simplemente me quedo con ese instante en el que todo el mundo parece detenerse y sientes haber encontrado un oasis en mitad del desierto. Ese instante que varía dependiendo de la persona que esté leyendo esto, y solo por eso, merece ser llamado mágico (aunque por desgracia, muchos no creen en la magia y este adjetivo les resultará odioso, así que digamos que ese instante es de libre denominación). 

sábado, 10 de febrero de 2018

Desnudos en papel.

Muchas veces me han preguntado qué es ser uno mismo. Y siempre se viene a la mente la palabra "abrir", y he ahí la cuestión: ¿por qué abrir y no desnudar?
Yo me siento yo misma cuando me desnudo ante el papel. Cuando mis pensamientos fluyen sin ningún filtro y dejo a la bestia que es mi mente rasgar todos y cada uno de mis secretos, haciéndome vulnerable y poderosa a la vez.
Vulnerable porque me ensucio, sangro, tiemblo, me cuestiono, me critico, me odio, me analizo hasta el más mínimo detalle sacándole puntillas a todo lo que encuentro. Me señalo con el dedo una y otra vez, haciéndome ver qué idiota soy y cuánto me queda por aprender y mejorar. Soy un alma inexperta que bucea en un océano sin fondo.
Poderosa porque es el único momento en el que puedo ser sincera sin tener la espinita del qué dirán o esa vocecita insaciable que lo único que hace es cohibirme y hacer que me cierre a cal y canto, sin dejar una rendija por la que corra el aire. Ser libre y poder tener el mando en alguna cosa ya que muchas veces no tomo por mí misma mis propias decisiones.                                                       
Por eso me gusta escribir. Porque me abro, me desnudo mentalmente, físicamente, metafóricamente, de todas las maneras posibles. No tengo miedo de enseñar mis cicatrices. Más que nada, porque eso es lo que me hace ver que aún soy humana.

Echando raíces.

Estoy echando raíces en un lugar que no es el mío.
En tierra árida, fría y vacía.
Y tú ni siquiera estás conmigo.

Rompería cada una de las extremidades que me atan
si no fuera porque aún no te he encontrado.
Y una parte de mí me dice que quieres que lo haga.

No quiero pasar el resto de mi vida lamentándome,
preguntándome todo aquello que podía haber hecho
y pensando en todo lo que podía haber sido.

Sé como el viento esta noche, que aúlla fuerte.
Tiene el síndrome de huracán.
Y yo, el de estocolmo.

Cada segundo que pasa 
es un segundo más en esta casa
de cristal que se me echa encima.

Quiero ser del mar,
del sol, de la brisa del mediodía.
No quiero ser un árbol hecho cenizas.

Por favor, ayúdame.
Aunque intentarlo sea lo último que haga.
Por favor, ayúdame. 



Créditos por la ilustración a Helena (@musikdramen en Instagram y Twitter), más que nada porque es mágico ver, mis versos plasmados el algo como esto. Gracias.

domingo, 8 de octubre de 2017

Volviendo al punto de partida.

En el seno de un país transtornado nació una niña vestida de blanco. Su mirada escrutaba cada uno de los rincones de la calle con sus acristalados ojos azules, sin ser consciente todavía de la magnitud del conflicto que tenía dividido a su pueblo. Las bombas caía una a una, destrozando los azulejos de las casas, creando agujeros en el asfalto e hiriendo a los suyos.
— Aquí no se respeta la libertad y se premia la ignorancia — solía decir su madre (mientras vivía, claro)  Nos comen la cabeza con utopías cuando lo único que deberían hacer es cuidar de los suyos antes de que las calles sean rías de sangre.
Ella no comprendió en su totalidad aquellas palabras, pero todo adquirió algo de sentido aquel día en el que abrió los ojos por fin. 
Por sus manos discurría un líquido carmesí, maloliente, nauseabundo y a la vez valioso. Sus pupilas se convirtieron en dos agujeros negros, pues aquella escena estaba siendo guardada cuidadosamente en su memoria (traicionera y vil como ella sola).
Los años pasaron y el reflejo de esa escena aún se podía apreciar en las caras de los más mayores. Rostros arrugados, entristecidos y consumidos por la angustia de tiempos pasados. Ideas radicalizadas y mentes perturbadas. 
Querían libertad, pero callaban. Por eso hablaban ellos, sus descendientes. Los nuevos guerrreros quienes no buscaban sangre, sino tranquilidad. Pero otra vez se vuelve al punto de partida.
«Por qué no somos capaces de avanzar?» se preguntó la niña de ojos azules, en los cuales ya no había ni un halo de luz y de inocencia. Su pelo ondeaba al aire, como su bandera.
Quería hacer justicia a su pueblo, el cual ya tan solo era un murmullo agónico cuando en sus días fue grito arrollador.

viernes, 18 de agosto de 2017

157.

Izquierda, derecha, vertical y transversal,
arriesgo mi vida en juegos de azar.
Cuestiono las cartas de los otros
a la vez que intento engañarlos a todos.

El principal engañado: yo mismo.
Soy un intento fallido de ser vivo,
me dejé caer en las redes de la lujuria,
la avaricia, la ambición y ahora todo son penurias.

Pero la venda sobre mis ojos me deja una visión parcial,
pues la magnitud de mi desgracia es bestial.
He perdido el norte, mi soporte.
Y ahora solo soy un castillo en ruinas.

Doble As a mi favor,
pero él tiene escalera de color.
Miro el tablero.
Se llevan mis fichas,
como el juego se ha llevado mi dinero, mi cordura y mi vida.

Tan solo unas cartas, 
unos míseros trozos de cartón que poco abarcan
han hecho que pasara de estar en la cima 
a ser quien pide limosna en la esquina.

Y aún así trato de convencerme
de que los milagros existen,
cuando milagro sería que 
me acogieras en tus brazos esta noche.

jueves, 25 de mayo de 2017

¿Qué es lo que se espera de nosotros?

“¿Y ahora qué?” quizá sea la pregunta que invada la mente de muchos de nosotros ahora mismo. Estamos cansados tras este viaje que parece no acabar, y eso que no hemos caminado (en lo que sería un eje cronológico estándar) ni un cuarto del recorrido total de nuestra vida.
¡Ni un cuarto! Y nuestra mochila está llena de frustraciones, esperanzas, sueños sin rumbo y pensamientos varios que aún no sabemos cómo enfocar y que inundan nuestra mente sin tener forma alguna… Si lo pensamos bien, este ha sido un año decisivo en lo que a contenido se refiere, pues en él hemos adquirido gran parte de nuestra esencia y conciencia individual. El proyecto acaba de iniciarse en este AQUÍ y en este AHORA.
No es que hayamos madurado, ni mucho menos, aunque eso es lo que se espera de nosotros. Hemos llegado al punto exacto en el que tropezarse, caer y volver a intentarlo es nuestro pan de cada día. Pues no importa cuán perdidos estemos, ni qué magulladas tengamos las rodillas de tanto caer, ni las lágrimas que empapen nuestras mejillas, nunca nos faltarán las ganas de soñar.
¿Es madurar entonces lo contrario a soñar? No. La madurez se adquiere a medida que vemos nuestros sueños romperse o realizarse. Soñar no es tan bonito como lo pintan en las películas y es algo que debemos tener presente.
Madurar es salir de nuestra burbuja particular.
Madurar es ver cómo nuestros sueños muchas veces se rompen para luego ver esos pedazos y tener el valor de volverlos a unir, obteniendo así una forma que quizá no es la que nosotros esperamos pero que puede llegar a ser válida.
Madurar es simplemente soñar con los ojos abiertos y con los pies en el suelo.
Madurar es llenar nuestra mochila de pensamientos con sentido, ordenados y claramente expresados.
Pero eso NO es lo que se espera de nosotros.

Así que aquí tenéis mi reflexión: tapaos los ojos, los oídos y gritad tan fuerte que el mundo se asuste de escuchar el sonido de vuestra voz. Que la supuesta “generación perdida” ha venido para romper con todas las estadísticas con una doble dosis de esperanza en vena. Porque esto SÍ es lo que se espera de nosotros. 

martes, 21 de marzo de 2017

155.

"¿Cuándo sabes realmente que estás muerto?"
dices mientras ves la vida pasar
acurrucada en tu esquina favorita del sofá.


Canciones de verano,

romances de invierno 
y sueños enlatados en un frasco de cristal.


"¿Qué hay cuando nada queda,

cuando nada fluye,
cuando todo acaba?"


Vives tu vida buscando solución a los porqués

cuando realmente no hay un remedio
para la frustración.


Melodías de autovendaje.

Libros con un viaje hacia el infinito.
La conciencia pesa más que el aire.


Y el aire aunque viaja, no arrastra

la amargura de tu corazón.
Yo ya le dije que no lo intentara.


Estás parada cuando el mundo ruge.

Alma conformista,
¡levántate!

Recoge tus lágrimas y úsalas para regar las tierras muertas
en vez de crear un nuevo mar con ellas.


martes, 14 de febrero de 2017

Amante.

A mi única amante sonora:
Supuestamente escribir una carta el día de San Valentín suele ser para profesar mi amor hacia algo, pero el dilema aparece cuando aparecen en mi cabeza miles de cosas a las que quiero. Pero si rasgas un poco más en mi interior y me preguntas que quién me ha aportado eso… Eres tú.
Mi compañera de confusiones, angustias, tristeza y la más absoluta desesperación. Amiga  siempre fiel a mi llamada de auxilio, pues siempre apareces al instante con el mensaje idóneo o la melodía exacta, calmando la marea generada por mi colapsada mente y mi turbio corazón. Solo apretado un botón y subiendo el volumen consigues hacerme flotar, sumiéndome en un trance del cual ojalá nunca llegara a salir.
Sí, sé que la música no es algo físico propiamente dicho si lo miramos con los ojos del ajeno, pero para los ojos del artista es diferente. Es un lenguaje universal y refugio del alma colectiva. El cauce idóneo en el que verter un pedacito de nosotros sin el miedo al qué dirán. Para gritarle al mundo y decirle que todos tenemos alma, y que en el fondo estamos algo rotos.
Por eso, este día te lo dedico a ti. Por estar desde el minuto uno en esta canción que durará muchos años más gracias a tu apoyo incondicional. Porque amo el potencial que posees para levantarme del suelo y darme el coraje y la valentía necesarias para luchar contra los monstruos del universo (y los míos propios) y salir victoriosa batalla tras batalla. Tu capacidad de cerrarme las heridas con tan solo una nota.
Gracias por darme una vez más otra oportunidad, por tu calidez ante el frío que mi ser desprende últimamente. Espero que tu legado siga siendo eterno en mi alma y el de aquel que se atreva a amarte a rabiar, justo como yo, que apostaría que somos más de uno.

Firmado por: una muchacha que se siente como Don Quijote librando su batalla contra los molinos de viento.  

martes, 31 de enero de 2017

Melodía en si ♭ .

Veo cómo te alzas en el ángulo oscuro de la habitación, 
mientras viajas hacia otra dimensión
en la máquina del tiempo que es tu mente,
presa de un monstruo demente.


Con la punta de los dedos rozo tu cabello,

teñido de blanco a causa del desgaste del tiempo,
tembloroso y jadeante,
tímido como cuando el sol nace.


Quiero crear magia en tus pupilas,

alterar las leyes de la Física.
Hacerte olvidar acerca de la gravedad
y hacerte nadar en mi subjetividad.


Te amo como un niño ama la Navidad,

como el que disfruta una canción en la más íntima soledad,
como el muerto ama la vida
y el fuego a la ceniza.


Pero no quiero entablar palabra,

quiero disfrutar del silencio que nos regala
este momento de vacilación
entre si hacer o no mi confesión.


Te he echado de menos.

Tu dulce y hábil despertar 
después de todo este tiempo
me ha dado mucho que valorar.


La sombra de tu figura

que se desdibuja
dejando miles de réplicas
de las cuales tú eres la auténtica.


Quiero.

Quiero tocarte.
Quiero hacerte gemir
y que esta oscura melodía sea lo último que escuche.


Me acerco lentamente a la esquina,

donde tú te hallas recogida.
Te cojo suavemente,
déjandome llevar por el sábado hiriente.


Una melodía en si bemol

es lo que he acabado interpretando gracias a tu amor.
Qué ingenuo fuiste
al pensar que hablaba de una mujer.


Cuando la única que tiene a mi corazón cautivo

es la música.


sábado, 7 de enero de 2017

La Quinta del Sordo.




Blanco, negro, rojo. Escarcha, frío y oscuridad. Un llanto inaudible y una canción en la enredadera de mi mente. Paredes embadurnadas a pinceladas rápidas, a latidos lentos, sacando a la luz a los monstruos de mi interior mientras respiro la humedad que se crea con la pintura a medio secar.
Esa es mi batalla cada día. Mi inconsciente contra mí. Qué irónico, ¿no? Un pobre pintor como yo, aislado en una cámara de cristal, sin amor y (casi) muerto contra tales figuras. 

Son mil. Carecen de color y nunca se dejan ver. Se expanden por todas las dimensiones de mi cuarto, devorando mis miedos y transformándolos en fobias. Me dan la mano a veces y me teletransportan al pasado, donde yo aún sentía y donde mis lágrimas no eran los puñales que utilizo para arañar mi corazón.
No estoy loco, lo juro. Además, loco es una palabra demasiado grande para definirme. Llamémoslo quizá... Transtornado. Perturbado. Desdeñoso. Huraño. Herido. Guerrero. Surrealista. Crítico. Artista. Pintor. O mejor... llámame Francisco de Goya y Lucientes, que es como me llaman todos, menos yo.
Para mí siempre seré El Sordo. Y esta es mi quinta, mi refugio. Mi atmósfera intacta a las armas del ser humano. O mejor dicho... del animal que reniega ser. Me hace gracia. Se cree lógico y racional, cuando es el único capaz de crear un mundo paralelo con tan solo cerrar los ojos.
Justo como yo.

lunes, 12 de diciembre de 2016

151.

Recuerdo el interrogatorio que hacías sin falta cada mañana frente al espejo mientras sentías los rayos del alba acariciando tímidamente tu rostro además de iluminar tus ojos, cada vez más oscuros.
¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Qué finalidad tenía todo aquello? ¿Qué poder adquiriría con el tiempo? Querías respuestas, o más bien, las exigías. Pero las frases se escapaban con el murmullo a lo lejos del gallo, cantando por la aparición de un nuevo amanecer.
Y es que era ella, tenebrosa, difusa, misteriosa y confusa. Tan incorpórea como un sentimiento y tan tangible como la muerte. La dueña de las mil dudas, de los cien mil miedos y la que debía más de un millar de explicaciones.
Aún sigues sin saber quién era, pero más pronto que tarde lo descubrirás.
Y es que ahora, en tu lecho de muerte, siendo dos iguales te digo quién es. Soy yo. Yo he sido el murmullo del que huías, las palabras que aparecían de forma instantánea en tu mente, ese ojo puesto en el más allá.
Yo, yo y solo yo. Nunca lo pensaste, pero la cruda realidad siempre nos despierta del sueño. 
Así que, aunque te hayas vuelto a acostar, despiértate y anda por este nuevo sendero aunque no sea como el que solías pisar.