Recuerdo el interrogatorio que hacías sin falta cada mañana frente al espejo mientras sentías los rayos del alba acariciando tímidamente tu rostro además de iluminar tus ojos, cada vez más oscuros.
¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Qué finalidad tenía todo aquello? ¿Qué poder adquiriría con el tiempo? Querías respuestas, o más bien, las exigías. Pero las frases se escapaban con el murmullo a lo lejos del gallo, cantando por la aparición de un nuevo amanecer.
Y es que era ella, tenebrosa, difusa, misteriosa y confusa. Tan incorpórea como un sentimiento y tan tangible como la muerte. La dueña de las mil dudas, de los cien mil miedos y la que debía más de un millar de explicaciones.
Aún sigues sin saber quién era, pero más pronto que tarde lo descubrirás.
Y es que ahora, en tu lecho de muerte, siendo dos iguales te digo quién es. Soy yo. Yo he sido el murmullo del que huías, las palabras que aparecían de forma instantánea en tu mente, ese ojo puesto en el más allá.
Yo, yo y solo yo. Nunca lo pensaste, pero la cruda realidad siempre nos despierta del sueño.
Así que, aunque te hayas vuelto a acostar, despiértate y anda por este nuevo sendero aunque no sea como el que solías pisar.
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