Veo cómo te alzas en el ángulo oscuro de la habitación,
mientras viajas hacia otra dimensión
en la máquina del tiempo que es tu mente,
presa de un monstruo demente.
Con la punta de los dedos rozo tu cabello,
teñido de blanco a causa del desgaste del tiempo,
tembloroso y jadeante,
tímido como cuando el sol nace.
Quiero crear magia en tus pupilas,
alterar las leyes de la Física.
Hacerte olvidar acerca de la gravedad
y hacerte nadar en mi subjetividad.
Te amo como un niño ama la Navidad,
como el que disfruta una canción en la más íntima soledad,
como el muerto ama la vida
y el fuego a la ceniza.
Pero no quiero entablar palabra,
quiero disfrutar del silencio que nos regala
este momento de vacilación
entre si hacer o no mi confesión.
Te he echado de menos.
Tu dulce y hábil despertar
después de todo este tiempo
me ha dado mucho que valorar.
La sombra de tu figura
que se desdibuja
dejando miles de réplicas
de las cuales tú eres la auténtica.
Quiero.
Quiero tocarte.
Quiero hacerte gemir
y que esta oscura melodía sea lo último que escuche.
Me acerco lentamente a la esquina,
donde tú te hallas recogida.
Te cojo suavemente,
déjandome llevar por el sábado hiriente.
Una melodía en si bemol
es lo que he acabado interpretando gracias a tu amor.
Qué ingenuo fuiste
al pensar que hablaba de una mujer.
Cuando la única que tiene a mi corazón cautivo
es la música.
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