Blanco, negro, rojo. Escarcha, frío y oscuridad. Un llanto inaudible y una canción en la enredadera de mi mente. Paredes embadurnadas a pinceladas rápidas, a latidos lentos, sacando a la luz a los monstruos de mi interior mientras respiro la humedad que se crea con la pintura a medio secar.
Esa es mi batalla cada día. Mi inconsciente contra mí. Qué irónico, ¿no? Un pobre pintor como yo, aislado en una cámara de cristal, sin amor y (casi) muerto contra tales figuras.
Son mil. Carecen de color y nunca se dejan ver. Se expanden por todas las dimensiones de mi cuarto, devorando mis miedos y transformándolos en fobias. Me dan la mano a veces y me teletransportan al pasado, donde yo aún sentía y donde mis lágrimas no eran los puñales que utilizo para arañar mi corazón.
No estoy loco, lo juro. Además, loco es una palabra demasiado grande para definirme. Llamémoslo quizá... Transtornado. Perturbado. Desdeñoso. Huraño. Herido. Guerrero. Surrealista. Crítico. Artista. Pintor. O mejor... llámame Francisco de Goya y Lucientes, que es como me llaman todos, menos yo.
Para mí siempre seré El Sordo. Y esta es mi quinta, mi refugio. Mi atmósfera intacta a las armas del ser humano. O mejor dicho... del animal que reniega ser. Me hace gracia. Se cree lógico y racional, cuando es el único capaz de crear un mundo
Justo como yo.

Eres maravillosa. Sigue luchando por tus sueños e inspirando al mundo... sobretodo a mí. Te quiero, y recuerda que nos une un árbol ;)
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