Sonrisas vacías. Bromas sin sentido alguno. Un favor a una amiga que nunca valoró. Esa noche sería algo más que un fantasma, me lo propuse. Y lo conseguí.
Mi vestido favorito color amarillo limón, deslumbrante como los rayos del mismísimo Sol. Tacones de infarto (o tal vez no para tanto). Chaqueta de cuero sobre mis hombros. Labios rojo carmesí.
Por primera vez sentí que quería comerme el mundo en aquel sitio. Me sentía segura, alegre, viva. Nada podía pararme. Salvo el golpe que me di con la realidad un poco después.
Estaba en una fiesta. Todo era alcohol, besos y bailes repugnantes. Pero la música estaba bien. Ella me cogió de la mano y me sacó de mi rutina, de mi imagen de chica tímida a la que le da miedo el mundo. Me lo pasé bien. Bailé. Salté. Reí. Disfruté siendo yo misma, suceso inesperado.
Pero todo acabó. Me sentí insatisfecha, como agobiada. Diferente a todos los seres vivientes reunidos en aquel lugar. Despedí a mi amiga, y el destino me condujo al lugar en el que nos conocimos.
Café, alcohol y tabaco entremezclado, creando una sensación de genuina familiaridad en mí. Rock entrando por mis oídos y un billar.
Entre unas treinta personas que había allí, acabamos coincidiendo. No me gustaba el billar. Tú estabas sentado y me observabas con esa mirada inescrutable la cual se me ha clavado en la memoria para el resto de mi vida.
Eramos extraños, pero extraños que se conocían demasiado bien. Pusiste las cartas sobre la mesa, y me hiciste sentir una niña pequeña con todos tus trucos. ¡Aún recuerdo aquel truco que me enseñaste y que yo hice tan mal!
Me hiciste estar como en casa pero sin estarlo. Una conversación fluida y cómoda. Una conversación que me llenaba más que el humo que allí se respiraba, causante de que te viera quizá en otra dimensión.
Volví a ser yo misma, dejándome de barreras. Te abrí el peaje sin pagar, cosa de la que no me arrepiento, ya que esto que ese día comenzó fue el que me condujo a un estado de nirvana permanente siempre que nuestras miradas se entrecruzaban.
También esto fue lo que me llevó a la locura. Mi locura por no poder entenderte ni entenderme. Por quererte. Porque tú eras una mente prodigiosa escondida en un cuerpo que hasta se le quedaba pequeño y yo una mente polivalente incrustrada en la cabeza de una adolescente.
Porque ese fue el comienzo de nuestra historia, a la cual te empeñaste poner un punto y final, cuando lo que necesito para no expirar es ponerle un punto y coma a la última frase para no acabar el libro.
Pero no te preocupes... Guardaré esto como si fuese una dádiva de Dios, a la espera de me regale algo más que equilibre la balanza con este dolor insoportable ahora que tantas cosas parecen haber acabado y este solo es uno de esos recuerdos que deambulan por mi mente, haciéndome sentir miserable por todos los errores que después de este encuentro cometí. Porque quizá será que no estábamos destinados y mi error ha sido creerlo hasta desfallecer.
Perdóname... Y empecemos de cero.
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