«Despierta, tiemblo al mirarte:
dormida, me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma,
yo velo cuando tú duermes.
por eso, alma de mi alma,
yo velo cuando tú duermes.
Despierta, ríes y al reír tus labios
inquietos me parecen
relámpagos de grana que serpean
sobre un cielo de nieve.
relámpagos de grana que serpean
sobre un cielo de nieve.
Dormida, los extremos de tu boca
pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
que deja un sol que muere.
“¡Duerme!”
pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
que deja un sol que muere.
“¡Duerme!”
Despierta miras y al mirar tus ojos
húmedos resplandecen,
como la onda azul en cuya cresta
chispeando el sol hiere.
como la onda azul en cuya cresta
chispeando el sol hiere.
Al través de tus párpados, dormida;
tranquilo fulgor vierten
cual derrama de luz templado rayo
lámpara transparente.
“¡Duerme!”
cual derrama de luz templado rayo
lámpara transparente.
“¡Duerme!”
Despierta hablas, y al hablar vibrantes
tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
se derrama a torrentes.
tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
se derrama a torrentes.
Dormida, en el murmullo de tu aliento
acompasado y tenue,
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende.
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende.
“¡Duerme!”» Rima XXVII, Gustavo Adolfo Bécquer.
Y plácidamente dormida te hallabas en aquella jaula de cristal que tú misma creaste. Tenías el pelo perfectamente alineado de tal forma que cuando despertaras de tu profundo sueño no te despertarías con tu melena alborotada, tu respiración elevaba tu pecho a la par del segundero del reloj, y tus labios rojo carmesí estaban ligeramente abiertos, esperando la llegada de alguien que los hiciera revivir.
Dulce cual niña, pálida cual cadáver, pero a la vez eras la estrella más brillante y hermosa de mi firmamento. E inaccesible como la más increíble de las famosas de ahora. Pero mucho más bella. Siempre más.
Desde fuera era tan agobiante observarte. Quería que me vieras. Que te levantaras y andases. Que me abrieses la puerta a ti. Que nos fundiésemos en un abrazo, como metales calientes en plena alineación. Que me miraras con esas piedras preciosas que tienes por ojos y acto seguido me dijeras que me habías echado de menos porque en tu sueño yo no existía.
Quería que me susurrases al oído cosas que nadie más entendería. Quería quedarme contigo hablando durante horas. Quería, simplemente, que vinieras a mí. Que te dejaras de inseguridades, de miedos y recogerte entre mis brazos.
Porque todo demonio necesita un alma... Y yo te necesito a ti.
Firmado por: Tu vidente translúcido.
Porque todo demonio necesita un alma... Y yo te necesito a ti.
Firmado por: Tu vidente translúcido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario