Surcaste con tus dedos todas mis coyunturas. Me retuviste entre tus brazos, entre mis gritos de auxilio. Hoy, abriste otra vez más las puertas de mi alma y te llevaste un trocito más de mí.
Y así seguirás hasta dejarme vacía, hasta conseguir hacerme tuya en todos los sentidos. ¿Pero sabes qué? No me importa entregarme. Más de una vez me entregué a los demonios, y sé que nada será más doloroso que eso. Tampoco me importa entregarme a tus brazos aunque detrás llevases un puñal. No le tengo miedo al dolor. Ni a la muerte. Ni a tu lado oscuro. Ya no.
No me importa que conozcas mis puntos débiles, mis más rencónditos pensamientos y mis tremendos defectos. Porque no tengo nada que esconder. Soy agua, soy cristal. Soy transparente, y te muestro aquello que quieres ver.
Mírame a los ojos y agárrame fuerte. Déjame llorar otra vez en tu pecho aunque eso sea condenarme a mostrar mi angustia y miedo. Llora conmigo. Abrázame y seamos eternos...
Eternas almas que se han reencontrado tras mucho tiempo buscándose en el infierno. Almas que tan solo buscan ser queridas. Que tan solo se necesitan...
Y es por eso que te necesito para seguir respirando unos días más. Toda mi vida, tal vez.
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