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lunes, 27 de abril de 2015

120.

Hoy, me decidí a dejarte ir.
Tristemente vi
tu delicada figura fundirse
con los árboles del bosque triste.

Fui corriendo a casa
a llorarle a mi alma,
la cual estaba medio rota
como mis medias rojas.

Vino el demonio a visitarme
¡Sí, ese mismísimo miserable!
a regodearse de mi suerte,
a avisarme de mi tan próxima muerte.

«Dime, querida: ¿qué se siente al perderlo todo?»
me preguntaba,
mientras yo me secaba
todas y cada una de mis lágrimas.

«¡Dolor!
¡Amor!
¡Arrepentimiento!
¡Asquerosos sentimientos!»

Gritaba yo, deseosa de sacarme la espina,
de volver a ser aquella chiquilla
la cual no sabía nada
del amor sin medida.

Si es que a eso puede llamársele amor,
pues lo sufrido aflora mis dudas
sobre si mi querido corazón
no estaba a oscuras.

Quizá lo estaba y no pudo ver
aquella tragedia que se aproximaba
y tal vez por eso ella cada vez
más y más amaba.

Pensaba que ya había olvidado
lo que era darse de golpe y porrazo,
porque ya conocía tus brazos,
los cuales me protegían de los rayos.

Porque ahora las tormentas han vuelto,
y tú estás demasiado lejos.
Ya nada puede protegerme,
ya soy la dueña de este puente.

Caer.
Caer por el vacío,
fundirme con él un poquito.
Dejarme caer mientras no deje de llover.

«Amar es destruir,
y además ser amado es ser destruido.»
Ahora todo tenía sentido:
yo no debía amar.

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