Hoy,
me decidí a dejarte ir.
Tristemente
vi
tu
delicada figura fundirse
con
los árboles del bosque triste.
Fui
corriendo a casa
a
llorarle a mi alma,
la
cual estaba medio rota
como
mis medias rojas.
Vino
el demonio a visitarme
¡Sí,
ese mismísimo miserable!
a
regodearse de mi suerte,
a
avisarme de mi tan próxima muerte.
«Dime,
querida: ¿qué se siente al perderlo todo?»
me
preguntaba,
mientras
yo me secaba
todas
y cada una de mis lágrimas.
«¡Dolor!
¡Amor!
¡Arrepentimiento!
¡Asquerosos
sentimientos!»
Gritaba
yo, deseosa de sacarme la espina,
de
volver a ser aquella chiquilla
la
cual no sabía nada
del
amor sin medida.
Si
es que a eso puede llamársele amor,
pues
lo sufrido aflora mis dudas
sobre
si mi querido corazón
no
estaba a oscuras.
Quizá
lo estaba y no pudo ver
aquella
tragedia que se aproximaba
y
tal vez por eso ella cada vez
más
y más amaba.
Pensaba
que ya había olvidado
lo
que era darse de golpe y porrazo,
porque
ya conocía tus brazos,
los
cuales me protegían de los rayos.
Porque
ahora las tormentas han vuelto,
y
tú estás demasiado lejos.
Ya
nada puede protegerme,
ya
soy la dueña de este puente.
Caer.
Caer
por el vacío,
fundirme
con él un poquito.
Dejarme
caer mientras no deje de llover.
«Amar
es destruir,
y
además ser amado es ser destruido.»
Ahora
todo tenía sentido:
yo
no debía amar.
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