"Hello, hello remember me? I'm everything you can't control." - Evanescence (What you want)
Todo era muy confuso. Ya no era como antes. Estaba cambiando sin saber cómo. Su cuerpo se metamorfoseaba, dejando atrás sus rasgos humanos. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era? Una bestia.
Miró a la luna y aulló fuerte y largamente. Era su hijo, su esclavo de repente. Era como si la necesitase más que a su propia vida.
Y entonces afloró un sentimiento que nunca había esperimentado. Sentía la necesidad de matar. ¿A quién? No sabía. Cualquiera le servía.
Su conciencia se negaba a hacerlo, aterrada, pero nada podría frenar ahora a aquel ser, que no escuchaba, que no atendía a razones, que quería (necesitaba, más bien) hacer lo que su cuerpo le estaba pidiendo.
Saltó de aquella roca en la que reposaba y corrió por el bosque, de una manera tan mágica que parecía fundirse con él. Ahora sentía que aquel era su hogar de alguna manera. Y sonrió, feliz. Era una sonrisa algo extraña, estaba llena de colmillos realmente afilados, y a cualquiera que la hubiera visto hubiera huido del horror que provocaba.
Iba como un perro en busca de su presa (considerablemente más grande), oliendo cada rincón, intentando detenerse muy poco. Había alguien no muy lejos. Lo sentía, lo intuía, lo sabía.
Nadie podría haberlo parado en aquella situación. Corrió, mucho más deprisa, llevado por la sed de carne, de sangre.
Consiguió divisar a su presa. Estaba al lado de un río de cristalinas aguas, bebiendo de ellas, ajena de todo lo que estaba a su alrededor. No dejó pasar aquella oportunidad.
Se abalanzó sobre ella, con las garras y los colmillos por delante, despedazando su piel, hincando sus dientes en su carne. No escuchaba sus gritos, ni sus súplicas. Sólo hacía caso a esa sensación que le decía que no parara, que siguiera.
Y cuando acabó, el sueño lo llamó, y no le importó el lugar, ni que la gente lo viera, simplemente hizo lo que le ordenó su cuerpo, y cerró los ojos.
Al día siguiente, los rayos del sol por la mañana temprano lo despertó. Abrió los ojos lentamente. Su cuerpo ya no era el de una bestia, si no el de un chico de unos 17 años, pero no se percató mucho de ello, sólo se dio cuenta de que su ropas estaban rasgadas, y se preguntó qué había pasado.
Se enderezó y miró a su lado, y ahogó un grito al ver el cuerpo que descansaba a su lado, sin vida, e intastáneamente se miró las manos, y las halló llenas de sangre.
Todos los recuerdos lo abordaron en milésimas de segundo, y se asustó de sí mismo. Su cabeza era un hervidero de preguntas: ¿Qué había pasado? ¿Qué era? ¿Por qué no se había controlado?
No quería ser aquello, quería cambiarlo, pero en el fondo él sabía que es algo que no podía controlar, y que el daño estaba hecho.
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