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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Confesiones.

Me perdí en la enredadera de tu pelo.
Mi corazón latía a destiempo.
Sentía cómo la vida se escapaba de mis manos
y tan solo podía dejarme llevar.


Recorrí cada uno de los lugares de tu cintura

a pesar de que tenía miedo a las alturas.
Pero quedé embaucado por tu sonrisa,
quedé congelado entre tus risas. 


Estaba en stand by

con una voz en off que me repetía
que quería que volvieras,
que te dejaras de tonterías y me quisieras.


Porque mi alma era carbón ardiendo,

todo oscuro, fuego lento.
Estaba en plena revolución.


Quería de nuevo a tus lunares.

Aquellos que describían constelaciones
en el lienzo que es tu piel. 


Queria hablar, quería gritar.

Porque estaba amordazado,
atado de pies y manos.
Porque disfrutabas al verme así.


Y yo, con mis ojos de coral

te contemplaba desde la esquina de la habitación.
No te soltaban.
Ellos... te deseaban. 


Deseaban tus labios, 

ese sabor que tenía tu boca, 
que si te toca, te descoloca, 
te desboca. 


Deseaba tu aroma tan dulce, 

que hace que entre en trance
cuando intento 
dejar de desearte. 


Deseaba tocarte, aunque fuera una vez más.

Porque estabas prohibida.
Estaba saltándome las leyes.
Y tú ahora ya no estás cohibida. 


Es más... Ahora, lo estoy yo.

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