¡Hola! Como llevo haciendo estos últimos dos años, hoy os presento el relato que he escrito para el concurso de mi instituto. El tema que nos daban era "REFUGIADOS", así que decidí escribir sobre algo que perfectamente podría haber ocurrido. Algo real.
Aquí os dejo la historia de Nadia.
Un placer, y gracias por leer.
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Son
las 10 de la mañana. Los rayos de sol se filtran tímidamente por la ventana,
alumbrando un panorama aterrador. No hace calor, no. El frío sigue congelando
los huesos de muchos junto con los escalofríos típicos de cuando se avecinan
malos presagios, aunque es difícil imaginar algo peor que todo esto. Abro los
ojos despacio para no cegarme con la luz del nuevo día, me levanto y me voy
derecha a la ventana.
Un
murmullo incomprensible. Miles de lágrimas derramadas. Sangre que baña los
muros, el asfalto y las prendas de todos los que se encuentran fuera de sus
casas, que son más bien pocos. La guerra había llegado a Siria hoy, 15 de marzo
de 2011. La guerra. Algo tan complejo y espantoso, sobre todo para una niña de
12 años sin una visión completa y manejable de la cruda realidad.
Hola,
mi nombre es Nadia y vivo junto a mi madre Aasiyah en Hamah, una ciudad cerca
de la frontera con Líbano. Mi padre se fue hace unos meses, una noche oscura de
Noviembre y aún no ha regresado. Hay quien lo nombra ya como a un muerto, pero
la esperanza de que aún siga en este mundo con nosotras sigue firmemente en mi
corazón.
— ¿Mamá? — digo, alzando un poco la voz,
mientras aparto la vista de la ventana. Nadie contesta.
Vuelvo
a llamarla, pero esta vez un poco más fuerte. Solo me contesta el silencio.
La
busco por toda la casa, pero no hay nadie. El miedo empieza a invadirme de una
manera asfixiante, perlando mi frente con gotas de sudor. No está. ¿A dónde ha
ido?
Salgo
a la calle, aun sabiendo que así estoy arriesgando mi propia vida. Pero tengo
que encontrarla.
Voy
a la plaza donde se sitúan todas las tiendas, ya que siempre me la encuentro
allí hablando con la vecina de al lado. Pero hoy está desierta, como si todos
los ciudadanos hubiesen emigrado a otro lugar.
Giro
a la derecha, luego a la izquierda, buscando alguna señal de vida. Pero para mi
desgracia, encuentro todo lo contrario.
Allí
está ella, tan bonita y tan bella y tan… horrorosamente muerta. Una bala había
atravesado su cabeza, sus ojos, abiertos de par en par, ya no brillan. Su
corazón ya no late y el mío parece no latir como segundos antes.
Esta,
sin duda alguna, es la señal de que se avecinan cambios. Quizá más de los que
me gustaría.
Tres años más tarde…
Tras
muchos años buscando la salida del infierno que es Siria desde hace tres años,
puedo decir que lo he conseguido. Y todo gracias a mi ingenio y a la habilidad
que he adquirido para colarme en sitios cuando nadie mira. Porque miradme
ahora… Estoy en un tren con destino a París.
Todo
es desolación allá donde voy, encerrada en este mar de sangre. Y al fin voy a
salir de aquí. Quizá no consiga mi objetivo final, pero al menos podré
contentarme con lo más esencial en este momento: vivir en paz. Cosa que ya
hasta he olvidado.
Oh,
perdón. No os he contado cuál es mi principal objetivo. Pues bien, es el
siguiente: encontrar a mi padre. Durante estos tres años me he dedicado a
buscar pistas, algo que me lleve hacia él.
Lo
sorprendente es que mirando en sus pertenencias, encontré papeles, que parecían
ser algo parecido a su diario. Y no fue nada bonito lo que leí teniendo tan
solo 12 años.
Mi
padre es uno de ellos. Se ha vuelto loco o, mejor dicho, lo han vuelto loco. Me
refiero a ellos, a Daesh. Se lo llevaron (o se fue por su propia voluntad, no
lo sé) y lo único que sé es que no van a parar. Lo han transformado todo a sus
antojos, porque lo que predican son todo cosas incongruentes. Eso no es lo que
predica nuestra religión. Ellos no somos nosotros.
Al
fin he llegado a la capital de Francia. Todo es tan… diferente. Los movimientos
de la gente, el idioma, las calles, los edificios. Todo parece tan irreal de la
tranquilidad que desprende. Ni bombas, ni gente muerta desperdigada, ni olor a
carne putrefacta. Ruido. Gente. Vida.
Creo
que es hora de que vaya a por algo de comer. Por suerte una mujer con la que he
estado hablando en el último tren ha sido muy amable y me ha dado diez euros
para comer al menos hoy.
Paso
un buen rato buscando, y la única pega que puedo poner de esta ciudad es lo
caro que es todo. Y entre maldiciones mentales encuentro un sitio que parece
estar bien. Una pizzería que se llama La
Casa Nostra, llena de luces y de gente y, al parecer, con buenos precios.
Pido
mi comida tras algunas dificultades para entenderme con la dependienta y acto
seguido me siento. Hay familias por un lado, parejas por otro, grupos de
amigos… Me dan envidia. Daría lo que fuera por ser ellos y no yo ahora mismo.
Todos me miran de una forma extraña, pero pocos parecen con intenciones de
decirme algo.
Todo
parece tranquilo hasta que… ¡Pum! Un disparo… Dos… Tres… Son ellos. O quizá él.
Reacciono con agudeza y me tiro al suelo. Ahora llega la parte más difícil.
Lentamente me deslizo por el suelo para acercarme a ver al atacante, porque
desde la posición en la que estaba era imposible.
Era
alto, todo de negro e irreconocible. Pero algo me dice que es él. Tengo que ir
a por todas.
—¡Para! ¡Estás equivocado! ¡Ellos no dicen la verdad! — grito, con las piernas amenazando con fallarme en cualquier momento mientras miro fijamente al atacante, que se detuvo un milisegundo hasta que…
Se
terminó. Ellos han hecho bien su trabajo. Porque no ha tardado en destruirme.
Una bala, tan solo una, en mi pecho a toda velocidad ha sido suficiente como para
acabar con mi vida.
Lo
peor de todo es que antes de caer al suelo, en mis últimos instantes de lucidez
que me quedan antes de dar por finalizada mi vida, reconozco esos ojos.
Eran
sus ojos. Era él. Pero está demasiado ciego como para darse cuenta del tremendo
error que ha cometido. Pero ya no puedo hacer nada. Solo puedo pensar una cosa
antes de acabarme por fin: que él deje de matar pronto y que esos insensatos no
consigan su objetivo. Porque la guerra no es la solución a ninguno de nuestros
intereses, y eso es algo que muchas veces se ha repetido a lo largo de la
historia y que muchos como ellos tienden a repetir.
FIN
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