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lunes, 11 de abril de 2016

Sangriento espejismo.

¡Hola! Como llevo haciendo estos últimos dos años, hoy os presento el relato que he escrito para el concurso de mi instituto. El tema que nos daban era "REFUGIADOS", así que decidí escribir sobre algo que perfectamente podría haber ocurrido. Algo real.
Aquí os dejo la historia de Nadia.
Un placer, y gracias por leer. 


Son las 10 de la mañana. Los rayos de sol se filtran tímidamente por la ventana, alumbrando un panorama aterrador. No hace calor, no. El frío sigue congelando los huesos de muchos junto con los escalofríos típicos de cuando se avecinan malos presagios, aunque es difícil imaginar algo peor que todo esto. Abro los ojos despacio para no cegarme con la luz del nuevo día, me levanto y me voy derecha a la ventana.
Un murmullo incomprensible. Miles de lágrimas derramadas. Sangre que baña los muros, el asfalto y las prendas de todos los que se encuentran fuera de sus casas, que son más bien pocos. La guerra había llegado a Siria hoy, 15 de marzo de 2011. La guerra. Algo tan complejo y espantoso, sobre todo para una niña de 12 años sin una visión completa y manejable de la cruda realidad.
Hola, mi nombre es Nadia y vivo junto a mi madre Aasiyah en Hamah, una ciudad cerca de la frontera con Líbano. Mi padre se fue hace unos meses, una noche oscura de Noviembre y aún no ha regresado. Hay quien lo nombra ya como a un muerto, pero la esperanza de que aún siga en este mundo con nosotras sigue firmemente en mi corazón.

 ¿Mamá? — digo, alzando un poco la voz, mientras aparto la vista de la ventana. Nadie contesta.

Vuelvo a llamarla, pero esta vez un poco más fuerte. Solo me contesta el silencio.
La busco por toda la casa, pero no hay nadie. El miedo empieza a invadirme de una manera asfixiante, perlando mi frente con gotas de sudor. No está. ¿A dónde ha ido?
Salgo a la calle, aun sabiendo que así estoy arriesgando mi propia vida. Pero tengo que encontrarla.
Voy a la plaza donde se sitúan todas las tiendas, ya que siempre me la encuentro allí hablando con la vecina de al lado. Pero hoy está desierta, como si todos los ciudadanos hubiesen emigrado a otro lugar.
Giro a la derecha, luego a la izquierda, buscando alguna señal de vida. Pero para mi desgracia, encuentro todo lo contrario.
Allí está ella, tan bonita y tan bella y tan… horrorosamente muerta. Una bala había atravesado su cabeza, sus ojos, abiertos de par en par, ya no brillan. Su corazón ya no late y el mío parece no latir como segundos antes.
Esta, sin duda alguna, es la señal de que se avecinan cambios. Quizá más de los que me gustaría.

Tres años más tarde…

Tras muchos años buscando la salida del infierno que es Siria desde hace tres años, puedo decir que lo he conseguido. Y todo gracias a mi ingenio y a la habilidad que he adquirido para colarme en sitios cuando nadie mira. Porque miradme ahora… Estoy en un tren con destino a París.
Todo es desolación allá donde voy, encerrada en este mar de sangre. Y al fin voy a salir de aquí. Quizá no consiga mi objetivo final, pero al menos podré contentarme con lo más esencial en este momento: vivir en paz. Cosa que ya hasta he olvidado.
Oh, perdón. No os he contado cuál es mi principal objetivo. Pues bien, es el siguiente: encontrar a mi padre. Durante estos tres años me he dedicado a buscar pistas, algo que me lleve hacia él.
Lo sorprendente es que mirando en sus pertenencias, encontré papeles, que parecían ser algo parecido a su diario. Y no fue nada bonito lo que leí teniendo tan solo 12 años.
Mi padre es uno de ellos. Se ha vuelto loco o, mejor dicho, lo han vuelto loco. Me refiero a ellos, a Daesh. Se lo llevaron (o se fue por su propia voluntad, no lo sé) y lo único que sé es que no van a parar. Lo han transformado todo a sus antojos, porque lo que predican son todo cosas incongruentes. Eso no es lo que predica nuestra religión. Ellos no somos nosotros.
Al fin he llegado a la capital de Francia. Todo es tan… diferente. Los movimientos de la gente, el idioma, las calles, los edificios. Todo parece tan irreal de la tranquilidad que desprende. Ni bombas, ni gente muerta desperdigada, ni olor a carne putrefacta. Ruido. Gente. Vida.
Creo que es hora de que vaya a por algo de comer. Por suerte una mujer con la que he estado hablando en el último tren ha sido muy amable y me ha dado diez euros para comer al menos hoy.
Paso un buen rato buscando, y la única pega que puedo poner de esta ciudad es lo caro que es todo. Y entre maldiciones mentales encuentro un sitio que parece estar bien. Una pizzería que se llama La Casa Nostra, llena de luces y de gente y, al parecer, con buenos precios.
Pido mi comida tras algunas dificultades para entenderme con la dependienta y acto seguido me siento. Hay familias por un lado, parejas por otro, grupos de amigos… Me dan envidia. Daría lo que fuera por ser ellos y no yo ahora mismo. Todos me miran de una forma extraña, pero pocos parecen con intenciones de decirme algo.
Todo parece tranquilo hasta que… ¡Pum! Un disparo… Dos… Tres… Son ellos. O quizá él. Reacciono con agudeza y me tiro al suelo. Ahora llega la parte más difícil. Lentamente me deslizo por el suelo para acercarme a ver al atacante, porque desde la posición en la que estaba era imposible.
Era alto, todo de negro e irreconocible. Pero algo me dice que es él. Tengo que ir a por todas.

—¡Para! ¡Estás equivocado! ¡Ellos no dicen la verdad! — grito, con las piernas amenazando con fallarme en cualquier momento mientras miro fijamente al atacante, que se detuvo un milisegundo hasta que…

Se terminó. Ellos han hecho bien su trabajo. Porque no ha tardado en destruirme. Una bala, tan solo una, en mi pecho a toda velocidad ha sido suficiente como para acabar con mi vida.
Lo peor de todo es que antes de caer al suelo, en mis últimos instantes de lucidez que me quedan antes de dar por finalizada mi vida, reconozco esos ojos.
Eran sus ojos. Era él. Pero está demasiado ciego como para darse cuenta del tremendo error que ha cometido. Pero ya no puedo hacer nada. Solo puedo pensar una cosa antes de acabarme por fin: que él deje de matar pronto y que esos insensatos no consigan su objetivo. Porque la guerra no es la solución a ninguno de nuestros intereses, y eso es algo que muchas veces se ha repetido a lo largo de la historia y que muchos como ellos tienden a repetir.
                                                                                                                                                                                        FIN

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