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jueves, 12 de marzo de 2015

113.

No sé a dónde voy. No tengo ni dirección, ni sentido, ni módulo, ni fin. Vale, eso ha sonado demasiado matemático. Maldita cabeza la mía infectada de números y líneas por todas partes. Pero la vida es así. Un origen y un final. Una línea que es el camino que elegimos seguir, los puntos por los que queremos pasar. Y siempre en línea recta, siempre eligiendo los puntos por los que pasamos. 
Nunca he valorado a la vida. Por mí hubiera saltado hace tiempo. Tantas veces soñé con hacerlo, y otras tantas he rozado los límites... 
Llamadme desagradecida por decir que no sé aprovechar la vida, que no me gusta. Pero una vida de sufrimiento no es vida. 
Porque mi camino, mi línea, está siendo interrumpida por el dolor. Va en picado. Sin detenerse. Sin cambiar de sentido. 
Pero he de admitir que ayer amé a la vida por haberme puesto delante unos ojos llenos de bondad delante de los míos. Por haber hecho que encontrase a alguien que hiciera mi vida algo más fácil; que me dejara de números, incógnitas, rectas y curvas para después; y poder así vivir. Sí, vivir. Yo, la hija de la muerte. La que quiere dejar de respirar. Esa misma. 
Y todo eso lo hicieron unos ojos. Parece mentira, ¿verdad?. Pero lo que no he contado es el qué tenían esos ojos. Esos ojos habían presenciado la muerte de infinitas maneras, estaban cansados, pero aún así no dejaban de brillar como dos grandes estrellas a medianoche. 
Por eso me dije a mí misma: «¿Por qué amar a la muerte cuando tú sobreviviste? Es cierto que soy un monstruo y que la muerte me ama por ello, pero todos tenemos demonios en nuestro interior. Por eso, y solo por ti... Hoy sobreviviré. Y no solo hoy. Seguiré viviendo siempre que tus miradas lo hagan.» 
Así que le tuve que decir a la muerte que no volviera, que ya no la necesitaba. Que ya era feliz, y ya podía por fin vivir. 
Y fue por eso por lo que me condenó de por vida (y lo que no es vida, sino muerte) a no ver nada más allá de tus ojos. 
Y al principio todo fue bien... Hasta que tu brillo se apagó, y mi vida también. Pero yo seguía estancada allí... Y ahí estuve durante una eternidad, sobreviviendo sin el brillo de tus ojos. 

2 comentarios:

  1. No hay que apresurarse.. sin muerte no hay vida. Todos vivimos y luego morimos, pero algo hay seguro, hay que vivir sonriendo :D

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  2. Me sorprende el escalado que toma el texto a medida que avanzas por cada línea. La muerte no es sino, aquel instante que nos recuerda lo inevitable. La muerte es en si necesaria para saber que estamos vivos. Aunque hay un tipo de muerte que no se puede evitar y se llama. :Silencio y soledad.
    Sabes que me tendrás aquí y que mis ojos aún si no existiesen, seguirían brillando para iluminarte el camino correcto.

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