.

.

jueves, 1 de mayo de 2014

73.

Y me volví loca de tanto mirar. Mejor dicho por intentar mirarte. Porque estabas, pero a la vez no estabas, y no estabas y a la vez estabas. Perdí el juicio, porque ya no sabía si estabas o no, o si simplemente ya eras un producto de mi imaginación.
Porque oía tu voz allá donde iba, diciéndome palabras indescifrables, te sentía cerca, pero luego abría bien los ojos y nada. Y cuando estabas supuestamente, nada percibía. Dime tú si no te volverías loco en mi situación.
Yo lo único que quiero es que te quedes, que no te vayas, que no seas un fantasma que desaparece y aparece cuando le plazca, solo quiero que seas real. Porque es lo único que necesito. Te necesito para no perder la cordura. Para no perderme. 
Dime si vendrás para quedarte, prométeme con la mano en el pecho que cuando gire la cabeza estarás ahí, fiel a tu promesa. 
Sólo te pido eso, un simple (pero a la vez no tan simple) juramento, que sólo tendrás que cumplir hasta el día en el que aprenda a vivir sin ti, que te prometo que será antes de lo que crees, porque ya no soy como antes, tan dependiente y tan frágil, ahora estoy aprendiendo a luchar yo sola, pero poco a poco. 
Así que dale a este pobre e indefenso caracol tiempo para superarse a sí mismo y hacer de su concha un lugar más seguro y más resistente. Tiempo al tiempo, querido mío.