El escenario me llamaba, de alguna manera. No sabía si acudir a su llamada o permanecer en mi sitio, observándolo todo, pero al final ganaron mis deseos de bailar y cantar hasta quedarme sin voz.
Puedo jurar que fueron los instantes más bonitos de toda mi existencia. Yo, la música, la letra, el público y nadie más. Esa conexión, ese ambiente.
Siempre pensé que la música era lo mejor que me podía pasar, pero nunca me consideré lo suficientemente buena. Y ahora, mírame, ahí estaba, delante de miles de personas, cantando, transmitiendo con ello miles de sentimientos, causando lágrimas, causando sonrisas, causando gritos.
Era tan, tan feliz... Pero era otro simple sueño, como siempre. Yo nunca conseguiría eso, por mucho que lo desease, por mucho que me esforzase.
Me hacía daño, pero no mucho, porque por mucho que yo no pudiera ser buena en la música, ella siempre estaría ahí para llenar mi alma de miles de cosas.
La música... Siempre estará ahí. Puedes ser bueno, puedes ser malo, pero si sientes lo que escuchas, lo que cantas, no hay nada perdido, supongo. Otra cosa es que lo intentes. Y fracases. O ganes. O simplemente te quedes estancado en tus ensoñaciones durante años.
El futuro es incierto, y pueden pasar muchas cosas, y yo tengo claro que no lo conseguiré, pero al menos la música seguirá ahí, y mis sientimientos también.
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