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sábado, 1 de marzo de 2014

Minas de papel.

Y abrió su cuaderno, vacío, como ella misma, y empezó a escribir palabras en él. Muchas palabras. Algunas de amor, otras de tristeza, otras de dolor, de confusión, de duda, y otras de esperanza, pero todas ellas carecían de significado. Carecían de significado porque ella estaba vacía, y por tanto era imposible que pudiese transmitir algún sentimiento.
Siempre se preguntaba por qué lo hacía, por qué escribía, y siempre una vocecilla acudía a su mente y le decía: "Escribes para liberarte del dolor que tienes que vivir."
Y eso hacía. Hiciera frío, calor, viento o lluvia, ella escribía en su cuaderno. No se separaba de él, ya que si alguien lo descubriese sabrían mucho más de ella misma de lo que a ella le gustaría.
En realidad, no quería que nadie supiese de ella misma. Quería ser esa desconocida que era para todo el mundo durante toda su vida. No quería que nadie supiera nada para que nada pudiera herirla, ya fueran palabras o meras carcajadas.
Escribía y escribía, y parecía que su bolígrafo tenía una mina infinita de tinta y el cuaderno muchas páginas en blanco todavía. Páginas en las que relataría sus mil y una vivencias, algunas más felices, otras más tristes. Pero seguían siendo eso. Vivencias, aventuras.
Y de hecho, ella escribía esto en su cuaderno bañada en un mar de lágrimas, porque estaba cada día más confusa y aterrorizada, pero mientras tuviese su cuaderno, mientras tuviese cosas que escribir, seguiría viva. 

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