Odio esas ganas de llorar que me entran sin motivo alguno. Es como si todo se me viniera encima en centésimas de segundo y todo lo que me hace sufrir viniera a mi mente como un auténtico remolino de pensamientos, recuerdos y sensaciones.
Tus fuerzas y tu razón ya no puede ayudarte durante mucho más tiempo a soportar todo, y una lágrima sale por uno de tus ojos, lo que secunda a otra, y así sucesivamente hasta llegar al punto de que la situación se te ha ido de las manos.
Quieres parar, pero no puedes. Necesitas... Necesitas expulsarlo todo, necesitas liberarte de todos tus males, aunque esta no sea la mejor forma de hacerlo.
Enciendes cualquier cosa que pueda reproducir música y que tengas cerca, te dejas llevar por ella, tu dolor disminuye, no te sientes solo. Sientes que hay alguien ahí intentando decirte que sonrías, que tienes que intentar ser feliz, aunque de momento no lo seas, que las cosas no van a ser así siempre.
Y es entonces cuando levantas la cabeza y te haces una promesa a ti mismo. Te prometes que no volverás a caer (aunque probablemente lo hagas más pronto de lo que tú piensas) y que seguirás viva, por ellos, que te hablan cada noche y te dicen lo increíble que eres, aunque no sepan de tu existencia, y por ti mismo, porque no puedes rendirte tan pronto, porque el juego acaba de empezar.
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