Esta noche parece que el minutero, insaciable, recorre cada una de las líneas del reloj en su afán por llegar a la hora marcada, justo a tiempo.
Siempre me pregunto qué es peor: ¿tener la sensación de que no tienes tiempo o disponer de él libremente? Siento que es buen momento para posicionarme.
Estoy harta de trabajar hasta tarde, de quemar el flexo a causa de todas las horas invertidas (que no malgastadas) haciendo algo que me gusta, pero que no me deja disfrutar del todo. Ya sabéis, ese sabor agridulce que te deja en el paladar el chicle nada más empezarlo, pero que conforme vas a masticándolo se queda en algo insípido y apenas perceptible.
Pero tampoco me gusta no tener nada que hacer. Sí, te ofrece la ventaja de construir tu día según tus necesidades, deseos o inquietudes, pero no deja de ser una hoja en blanco que puede embadurnarse fácilmente de tinta por culpa de un frustrado escritor. Al final acabas y sientes que no has hecho nada, te sientes inútil, arrancas la página y cierras el libro por hoy. Te sientas en la cama y das una, dos, tres vueltas. Consumes tus minutos en pensar. Piensas en la persona que te atendió en la cafetería (sí, esa chica que se mostraba muy amable y que te regaló una cálida sonrisa en un día de lluvia, cosa que siempre se agradece), la letra de esa canción que pensabas olvidada (pero que tu memoria, siempre fiel, hace que aparezca en tu mente justo en el momento más inoportuno del día) y para más inri en aquella persona que quieres sacar de tu mente a toda costa y que el mundo se encarga de ponerte en frente (ya sea de forma literal o simbólica) justo cuando tú lo único que quieres hacer es desaparecer.
Te estarás preguntando: entonces, Aracnoides ¿con qué te quedas? ¿Con el tiempo, o sin él?
Y yo, para tu sorpresa (y tu futuro odio) te digo que simplemente me quedo con ese instante en el que todo el mundo parece detenerse y sientes haber encontrado un oasis en mitad del desierto. Ese instante que varía dependiendo de la persona que esté leyendo esto, y solo por eso, merece ser llamado mágico (aunque por desgracia, muchos no creen en la magia y este adjetivo les resultará odioso, así que digamos que ese instante es de libre denominación).
Gran texto. Me hallo en un momento de mi vida en el que me siento muy identificado con la mayoría de tus palabras.
ResponderEliminarHa sido un gusto de leerte.
Pd: No solo escribes bien, sino que transmites. Ánimo con ello y un saludo.