Era una fría tarde de Noviembre, en la que el gélido aire te quemaba la piel, y en la que ella, que ya había perdido la sensibilidad por completo, deambulaba por las calles sin rumbo fijo.
A pesar del tiempo había bastante gente en la calle, y eso la sorprendía un tanto. Todos parecían felices, menos ella.
Quizá sería porque estaba sola y todos ellos en compañía de alguien. Quizá porque la suerte les sonreía a todos menos a ella. Quizá porque se merecía estar sola y agonizar en ese dolor que aquello le provocaba.
Y es que aunque ella lo detestara, una parte de ella amaba el dolor. La hacía sentir viva. Le hacía recordar que no todo en la vida era felicidad y amor, como lo pintaban en los cuentos, y que muchas veces se caía en picado. Aunque ella sentía que llevaba ya demasiado tiempo cayendo en un pozo que parecía no tener fondo.
Pero su otra parte lo odiaba. Lo odiaba porque era un impedimento para ser feliz. Porque desde que empezó a sentirlo en sus carnes ya no recordaba lo que era.
¿Que cuándo comenzó a percibirlo? Cuando se dio cuenta de que se había perdido a mitad de camino. Porque la vida es eso, un camino que todos emprendemos pero que muy pocos saben cómo avanzar por él. Más que nada porque unos se pierden, otros no saben qué camino escoger y se quedan estancados o eligen mal en la bifurcación de este, otros que en vez de avanzar retroceden, otros que haciendo trampas llegan antes y llegan al final antes de tiempo y otros a los que la suerte no les sonríe y por hacer trampas acaban pagándolo. La vida era demasiado compleja para ella, y por eso más de una vez había deseado dejar de vivirla.
Giró la vista un momento a su derecha, hacia un destartalado banco. Había un grupo de amigas, riendo a carcajadas, haciendo bromas, disfrutando de aquella tarde como si la baja temperatura no hiciera efecto sobre ellas. El calor que les brindaba el grupo las mantenía a una buena temperatura.
Carolyn se preguntó cuándo fue la última vez que estuvo así. Ella, rodeada de gente, pasándoselo bien. No le alcanzaba la memoria, y aquello la hundió aún más en el agonizante dolor que sentía.
Desvió la mirada hacia otro lado, exactamente a su izquierda, donde se encontraba un bonito portal con un par de escaleras. Se hallaba allí una pareja. El chico era alto, delgado, de tez blanquecina, pelo liso y castaño y ojos azules. Ella sin embargo era mucho más bajita, algo más gruesa, de piel algo más morena, pelo rizado y moreno y ojos verdes. La verdad es que hacían buena pareja.
Estuvo un rato mirándolos. El amor fluía en el ambiente, se notaba. No paraban de abrazarse, hacerse carantoñas y robarse algún beso de vez en cuando. Y ver eso destrozaba a Carolyn aún más.
Ella no había tenido el momento de vivir aquello. Nadie se había dignado a darle una oportunidad. ¿Por qué? Porque no era como las demás. Porque no era una copia. No era lo que la sociedad quería que fuera. No era alta, ni delgada, ni con un pelo perfecto ni una sonrisa deslumbrante. Ella era justamente lo que nadie en esos tiempos quería.
Otro golpe a su corazón. El dolor iba ganando 2-0, y la verdad es que Carolyn lo tenía demasiado difícil para remontar el partido que se jugaba en su interior.
Miró al frente, ya que no podía mirar a otro lado, y vio a un chico que estaba plantado delante de ella y que la miraba fijamente.
Era un chico del montón. De estatura normal, piel algo bronceada y con el pelo y los ojos color café. Le sorprendió que, al fijarse, él sonreía. Y quería saber el motivo de aquella sonrisa, ya que no se conocían y no tenía motivos para hacerlo.
Se levantó del banco, y cuando él justamente iba a hablar, prefirió echarse a andar. Y él no la retuvo. No tenía por qué hacerlo. Y una parte de ella deseaba no saber el motivo de la sonrisa. Asunto terminado.
Y así fue cómo el dolor ganó 3-0, cómo Carolyn se equivocó de camino y cómo perdió una oportunidad que probablemente no volvería a presentarse en mucho, mucho tiempo. Porque el dolor la cegó demasiado, impidiéndole ver lo que tenía delante, ya que había permanecido durante mucho rato mirando hacia otro lado.

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ResponderEliminarBrillante. Sólo encuentro un defecto en este blog, y es pronto para confirmarlo. De momento, tu forma de escribir es auténticamente increíble, a parte de diferente y personal. Gracias, Clara, por volvernos a regalar una entrada intensa, emocional y profunda.
Gracias por leer y, sobretodo, por tus palabras. Es para mí un mundo recibir comentarios así, de verdad.
ResponderEliminarNo estoy acostumbrada a que valoren mucho mi trabajo y me hace feliz leer cosas así, créeme.
¿Y qué defecto ves? Me dejas con la intriga, y la verdad es que me gustaría saberlo, no sé. Quiero corregirlo cuanto antes.
En fin, es un placer.
Vuelvo a ser yo. En serio, no se como lo haces pero el tema esque siempre das en el clavo, hablo sinceramente cuando te digo que haces que me sienta idenrificada con cada una de tus entradas. Sigue siendo asi, no eres una chica del montón ni mucho menos, tienes un don, aprovéchalo. Gracias, nunca dejas de hacerme sonreir.
ResponderEliminarHola, me gustaría saber que los dos comentarios que me has dejado me han motivado mucho y en serio, mil gracias por leer. Significa mucho para mí.
ResponderEliminarY el hecho de que me digas que nunca dejo de hacerte sonreír, en fin, eso en parte hasta me sorprende, pero me gusta saber que al menos consigo hacerte sonreír sin pretenderlo.
Bueno, espero verte más veces por aquí, querida anónima.
Me encanta cómo escribes, en serio, me siento muy identificada con algunas cosas que dices. Sigue así.
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