Otra mañana más el sol entraba por los pequeños resquicios de la persiana de la ventana de su habitación que siempre se encontraba mal bajada.
Abrió los ojos y lentamente intentó enderezarse un poco en la cama. Se estaba tan bien allí, mientras dormía nunca pensaba en nada. Durmiendo era feliz. En sus sueños era realmente muy feliz.
Decidió que era hora de levantarse, así que corrió a un lado las sábanas y se dispuso a salir de la cama. Sus pies tocaron el frío suelo, pero no le molestó.
Llegó al baño, que estaba en la habitación contigua. Ver su reflejo la mataba por dentro. Se veía horrible. Era horrible. Y por eso nadie la quería. Porque no era como las demás, guapa, delgada o con algo que atrajera a la gente. Y por eso estaba sola. Y por eso se odiaba.
El examen que se hacía siempre que se miraba al espejo comenzó.
Su pelo. Liso, largo, castaño. De eso no tenía quejas, ya que más o menos le gustaba, pero tampoco demasiado.
Sus ojos. Marrones, grandes y llenos de ojeras. No es que fueran despampanantes, y por eso no le llegaban a gustar del todo.
Su nariz. Chata y con un perfil horrible. ¡Qué manía le tenía!
Sus labios. Finos y llenos de heridas. Los labios que ni la persona a la que amaba ni cualquier otra sobre la faz de la Tierra llegarían a besar jamás.
Su cuello. Bueno, no había mucho que apreciar en él, así que pasó de él.
Sus pechos. Prefería no mirarlos. Total, nadie lo haría nunca.
Y llegó por fin, a su estómago, caderas,cintura, muslos y piernas. Lo que peor la hacía sentir. Todo aquello era pura grasa. Todo. No se salvaba nada, y daría lo que fuera por estirpárselos. O por robárselos a una modelo, si pudiera.
Y es que ella desearía ser otra persona. Tener otro cuerpo, otra cara, otro pelo, otra voz, otro olor, otra personalidad. No ser ella. Ser alguien que mereciese la pena. Una chica a la que pudieran querer y que pudiera quererse a sí misma. Una chica a la que sus demonios no la acosaran todo el rato, repitiéndole lo asquerosa que era y lo sola que estaba.
Quería cambiar la imagen del espejo por completo, y ver a la chica que le gustaría ser.
Una lágrima empezó a recorrer su mejilla izquierda, seguida de otra que emanó su ojo derecho.El dolor y la rabia eran reales. Estaban en su interior, y querían salir.
Y su puño actuó por ella, rompiendo así el espejo y dejando fluir todo lo que sentía, igual que la sangre, que empezó a salir desmesuradamente por su mano. Pero ya nada importaba, porque ya no se veía y por tanto sus demonios no vendrían. Se había librado de ellos, de sus estereotipos y de su dolor.
Ahora podía, por fin, dejar de pensar en eso y centrarse en ella, pero solamente ella, no con sus demonios de por medio.
Ahora podía pensar que a lo mejor no era tan horrible tanto por fuera como por dentro como ellos le decían que era. O sí. No lo sabía. Y no quería averiguarlo, por si ellos volvían a venir. Porque podrían venir a llevarse ya todo lo que quedaba de ella. Solo quería eso. Ser feliz. Dejar todo lo malo a un lado. Disfrutar de ella misma. Y eso iba a hacer.
Así que cogió y salió del baño, dejando los cristales ahí, cual asesino huyendo de la escena del crimen, y salió de casa, intentando alejar de ella todo aquello que la habaí hundido minutos antes. Intentando ser feliz, después de estar mucho tiempo entre el dolor. No venían mal nuevas compañías.
Aqui va tu comentario de la entrada: Wow! Me has dejado helada, era como leer algo que se tratara de mi. Te digo muy en serio que estoy llorando, gracias por saber expresar lo que yo seria incapaz. GRACIAS.
ResponderEliminarPreciso, perfecto y profundo. No sólo has explicado perfectamente lo que siente una adolescente de baja autoestima, sino que también provocas una emoción en el lector que sólo unos pocos escritores son capaces de causar. Comienzas cual cualquier historia, para ganar fuerza que se convierte en intensidad, lo descargas todo y acabas con un broche de oro. Felicitaciones.
ResponderEliminarMil gracias a ambos/as, no sabéis lo orgullosa que me hace sentir estos comentarios. En serio, muchas gracias.
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