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martes, 14 de enero de 2014

Three cheers for sweet revenge.

Oh, la venganza, dulce venganza. Siempre recurrimos a ella cuando alguien nos ha hecho malo, y cuando digo siempre, es siempre. Siempre nos vengamos de aquellos que nos hacen daño, aunque sea indirectamente.
Cuando lo haces es como si por una vez, hubieses ganado esa batalla, como si fueses por primera vez un ganador en vez de ser un patético perdedor, y te sientes satisfecho.
Sé que no es algo bueno, porque a la vez que ganas también pierdes. Puedes perder a la gente a la que quieres. Puedes perder objetos. Puedes perder cualquier cosa. Y también puedes ganarte un gran problema.
Porque cuando haces esto es como si se desencadenara una cadena que nunca acaba. Es un rifirrafe constante, entre esa persona (o personas) y tú, y solo cesará cuando uno caiga, derrotado, o cuando uno decida parar y dejarse vencer. 
Nunca he mirado a esto como algo bueno, pero sí es verdad que hay veces en las que la gente necesita un poco de su propia medicina. Necesitan ver que al igual que ellos hacen daño, ellos también pueden salir muy mal parados.
Por último diré que, si te has vengado y crees que es justo, que disfrutes del espectáculo. Sé malo aunque sea por una vez, aunque alegrarte del mal ajeno no es algo que se deba hacer pero, ¡qué demonios! ¿Cuándo ellos no se han alegrado de alguna desgracia que hayas sufrido?

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