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martes, 26 de noviembre de 2013

Malditos sueños.

El frío calaba las entrañas, aunque para mí era gracioso aquello de que saliera humo por mi boca. Suspiré y miré el cielo.
Estaba encapotado. Todos los nubarrones cubrían por completo los pocos rayos de sol que intentaban iluminar aquella mañana.
Caminaba por la calle, sin mirar mucho por donde iba, ya que estaba ensimismada en mis pensamientos.
Y de repente, lo vi. Vi a aquella persona que había significado tanto para mí y a la que quería tanto, aunque no supiera de mi existencia. Mi ídolo.
Corrí como si me fuera la vida en ello, como si fuese a desaparecer en cualquier momento, que en parte, podía pasar. 
Me estreché entre sus brazos con fuerza y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Ese abrazo era lo que más había necesitado en toda mi vida.

- "Eh, tranquila, no llores" - me susurraba, mientras intentaba que me calmara. 

Pero yo no podía calmarme. Necesitaba vivir ese momento eternamente, sentir que ya no iba a sufrir más si él estaba a mi lado. Sentir que volvía a la vida, aunque yo nunca hubiese estado muerta...

Me levanté, sobresaltada. Todo había sido un sueño. Otro maldito sueño. 
Miré la almohada, la cual estaba húmeda debido a las lágrimas, con rabia.
¿Por qué no tenía lo que más ansiaba? Me pregunté. Como siempre, no hubo respuesta, solo silencio. Un silencio que me partió el alma en dos y me hizo llorar como en el sueño, pero no eran lágrimas de felicidad, si no de amargura, la cual se apoderaba de mí por momentos.
Malditos sueños. 

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